SUECIA

Un paseo con vista al mar en Gotemburgo

Aunque sea sinónimo de actividad portuaria, es un destino vibrante con una incipiente movida artística y cultural. Fotogalería.

Dorado atardecer. El río Gota domina la escena de Gotemburgo, la segunda ciudad en importancia y tamaño de Suecia. Foto: Diario Perfil [ Ver fotogalería ]

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Por Ingrid K. Williams (*)

La ciudad portuaria e industrial de Gotemburgo, en lo costa oeste de Suecia, tiene poco del glamour que ostenta Estocolmo, la capital del país. Pero, si antes era un reducto únicamente destinado a la clase trabajadora, ahora está haciéndose una reputación como semillero de las artes, con sus propias marcas de moda y bandas indie, sus ruidosos bares de cerveza artesanal y una buena escena de arte alternativo. Gotemburgo (Göteborg en sueco) es también el apropiado anfitrión del festival de cine más importante de Suecia y de ciclos de música inmensamente populares. Por estos días, el resurgimiento cultural de la segunda ciudad del país está bien encaminado.

Primer día: bajo el puente

En los años 80, ravers y artistas de grafiti se apropiaron de Roda Sten, por ese entonces una central eléctrica abandonada en un parque industrial baldío que está justo debajo de un puente que cruza el río Gota. Hoy, los cuatro pisos del edificio se han transformado en un centro cultural que alberga obras de arte de gran escala, proyectos experimentales y eventos nocturnos. Por US$ 30, el acceso al complejo da la posibilidad tanto de sondear la nueva escena artística como de sentir algo del laborioso e interesante pasado de la ciudad.

Gotemburgo fue nombrada capital culinaria de Suecia en 2012 por el Ministerio de Agricultura. Es probable que el título se deba, al menos en parte, a Thornstroms Kok, último restaurante local en ganar una estrella Michelin. La sencillez de sus salones es un típico ejemplo del minimalismo escandinavo y es un espacio ideal para degustar un menú de cuatro pasos de comida sueca, aunque el costo –de casi US$ 100– quizás resulte un poco excesivo para muchos.

En los últimos años, la zona conocida como Langgatorna, o “Calles largas”, ha abandonado su mala reputación para convertirse en un centro de vida nocturna. Lo que al lugar pueda faltarle en elegancia, le sobra en movimiento, como en el Café Publik, donde los DJ alimentan el frenesí juvenil. Si se busca algo más calmado, basta con bajar al nuevo subsuelo, donde está situado Vink, un bar de vinos.

Segundo día: culto al agua

Fueron inmigrantes holandeses los que, en el siglo XVII, diseñaron el sistema de angostos canales de la ciudad. Todavía se puede apreciar su legado caminando por Kungsparken, un parque que abraza las aguas de un hermoso y zigzagueante canal. Si se lo sigue hacia el Oeste, se llega a la imponente estructura semigótica de Feskekorka. Dentro de esta “Iglesia del Pez” –tal su traducción–, los fieles adoran a Poseidón: el edificio aloja el mercado de pescados y mariscos, donde decenas de puestos apilan camarones, cangrejos y langostas.

En Magasinsgatan, una peatonal llena de boutiques, se pueden hacer unas verdaderas compras made in Sweden. Para empezar, Artilleriet, un local de muebles y accesorios donde es posible conseguir desde una simple cartera de fieltro hasta una lámpara en forma de jaula de pájaros, con canarios falsos y todo. Enfrente, los estantes de Grandpa amontonan los diseños de modistas suecos: blusas de seda de Dagmar, suéteres para hombres de Hope, insólitas medias de Happy Socks. Arriba, en Blue Jeans Company, nada más que jeans, desde collares de jean hechos a mano por los empleados hasta overoles de Pace, una marca local.

Kungsportsavenyn, conocida aquí simplemente como “Avenyn” (“la Avenida”), es el paseo principal de la urbe y culmina en su principal museo de arte, el Goteborgs Konstmuseum. El museo es una gran reserva de arte nórdico. Luego de una visita, hay que hacer una pausa en Viktors Café para la fika, la tradicional merienda sueca que consta de un café y un bollo. A unas cuadras de allí está el Rohsska Museet, el prestigioso museo de diseño cuyas exhibiciones abarcan desde muebles de mitad de siglo XX a una serie de vestidos futurísticos creados por la diseñadora de moda Helena Horstedt.

Los fanáticos de la cerveza apreciarán la advertencia “No pida Blask” (literalmente “agua para lavar platos”, pero también “mala cerveza” en la jerga sueca) que cuelga sobre las canillas de Sma Rum, un bar subterráneo que ofrece una enorme selección de cervezas artesanales belgas, pero ni una Carlsberg o una Corona. Los techos bajos y la luz tenue crean un ambiente acogedor para disfrutar de un buen porrón, aunque es la decoración oriental de las paredes la que termina de armar el sitio. Para cervezas suecas está Olrepubliken, un bar más moderno que sirve cerveza producida en Gotemburgo.

Domingo: isla a la vista

Para escapar de la ciudad y amigarse un poco con el mar, hay que ir a las islas que forman el abigarrado archipiélago sureño de Gotemburgo. Un destino bien a mano es la tranquila isla de Branno, casi libre de autos, poblada de coloridas cabañas y playas apartadas, imponentes vistas del mar y senderos casi desiertos para pasear. Para llegar, es necesario tomar el tranvía 11 hacia Saltholmen, desde donde salen los transbordadores. En sólo veinte minutos ya se está en el destino, fuera de Gotemburgo y en medio del mar.

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(*) The New York Times / Travel. Traducción Alejandro Grimoldi. Nota publicada en Diario Perfil el 29 de diciembre de 2012.

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