PUERTO MADRYN / PUNTA LOMA

Cara a cara con los reyes del mar

A 17 kilómetros de Puerto Madryn se registra un hecho sin precedentes: buceo amistoso con lobos marinos salvajes.

Ficha

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Por Alejandro Bellotti (*)

El espejo devuelve una versión burlesca de nosotros mismos. El traje de neoprene ceñido al cuerpo caricaturiza la deformidad de las figuras. “Nunca hubiera imaginado ser tan caderona”, se sorprende Catherine, una histriónica maestra jardinera de Sydney, Australia. Nos reímos como niños, somos un grupo de lo más simpático. Puerto Madryn se ha convertido en la puerta de entrada a la Patagonia, y el turismo que desembarca en estas costas de la Provincia de Chubut es fundamentalmente extranjero. Hoy, de los siete temerarios que contrataron la excursión, sólo uno es argentino: yo.

Una vez empaquetados con el neoprene, el Gringo, guía de la aventura, nos introduce al entrenamiento del snorkeling con lobos marinos ($ 750), una opción válida tanto para quienes tengan experiencia en buceo como para los que ni siquiera sepan nadar. Para realizar buceo con lobos marinos ($ 1.100) es necesario una certificación de buceo o bien un entrenamiento especial, que pude realizarse el mismo día de la excursión.

El instructor nos somete un poco más al ridículo al hacernos caminar dos cuadras así, vestidos de caucho, desde la sede de Lobo Larsen Buceo hasta la playa donde nos espera la lancha que nos llevará hasta la Reserva de Punta Loma, una lobería a 17 km de la ciudad. En esta área protegida también habitan una colonia de cormoranes roqueros y gaviotines, de manera que la belleza imponente excede la ya de por sí invaluable experiencia de juguetear con animales salvajes.

Luego de media hora de  navegación el motor se detiene frente a una muralla de acantilados. El lecho cristalino del Golfo Nuevo luce fabuloso. Una vez en el mar, el Gringo nos exige una formación en línea para acercarnos hasta donde, presume, se encuentra una tropa de lobos marinos. En esta zona existe una colonia estable de unos 800 lobos marinos de un pelo, pero no los detectamos enseguida, y eso nos impacienta. El agua es de hielo. “¡Acá hay uno!”, grita exultante Rudolph, un gigantón austríaco, paralizado como lo estamos todos ante la presencia de un bellísimo ejemplar que nos interpela con sonidos guturales y ojos asombrados. Debe pesar media tonelada y sin embargo se mueve con agilidad por fuera y debajo del agua.

La interacción lograda en esta Reserva no tiene antecedentes en otro lugar del planeta. No existe registro de que estos animales, en estado salvaje, se acerquen y jueguen con los seres humanos tal como aquí lo hacen. Al recién llegado se suma otro, y otro más, y de pronto son decenas los lobos marinos a nuestro alrededor, jugueteando, saltando, nadando con nosotros, los intrusos. Un auténtico festival para los sentidos se pone en marcha.


* Desde Puerto Madryn. Nota publicada en el Diario Perfil el sábado 12 de enero de 2012

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