Zocos, camellos y algún spa en Marrakech

Palacios suntuosos y encantadores de serpientes callejeros, la ciudad vieja sigue siendo ese lugar donde hay genuinas bailarinas del vientre.

Djemaa el Fna, la plaza principal de la Medina de Marrakech. [ Ver fotogalería ]

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En 1939, George Orwell escribió que los occidentales iban en tropel a Marrakech en busca de “camellos, castillos, palmeras, legionarios extranjeros, charolas de bronce y bandidos”. Desde entonces, la ciudad ha estado cautivando a sus visitantes con sus fecundos zocos, palacios de ornato y vida nocturna sibarita. Durante los últimos años, una sucesión de elegantes inauguraciones y restauraciones –más notablemente, la pródiga reapertura del hotel La Mamounia– ha transformado la ciudad en una parada obligatoria para el jet set. Sin embargo, pese a la nueva cara de Marrakech, los verdaderos tesoros de esta enigmática ciudad siguen escondiéndose en polvorientas calles secundarias y detrás de maltrechas fachadas.

Primer día

Pocos sitios rivalizan con el laberinto de zocos de la fortificada ciudad vieja. Artesanos con casquete sudan sobre antiguos tornos mientras elegantes turistas franceses regatean por cajas de cedro con incrustaciones y lámparas de plata. Durante los últimos años, prometedores diseñadores también llegaron al Zoco Cherifia. Por mencionar algunos, Lalla, Paul & Joe, Coco Ribbon, Marion Theard, etc. Para descansar del regateo, se recomienda hacer un alto en Le Jardin (32 Sidio Abdelaziz, Zoco Jeld), un café que abrió las puertas hace un año y pretenece a Kamal Laftimi, un joven marroquí que también está detrás de los populares Café des Pices y Terrace des Spices.

Djemaa el Fna, la plaza principal de la Medina, es un colorido tapiz de vida donde la gente que hace compras vadea un caos de adivinos, encantadores de serpientes y molestos pintores. Pero también es uno de los mejores lugares para familiarizarse con los ricos sabores y texturas de la cocina marroquí. Al caer el sol se alumbran los innumerables puestos de comida de la plaza, donde cientos de linternas a gas iluminan oleadas de vapor. Una buena entrada es un tazón de caldo de caracol con azafrán en uno de los puestos del extremo oriental de la plaza (10 dirhams, o casi 1,23 dólar, a un tipo de cambio de 8,2 dirhams por dólar), seguido de cus cus de cordero (30 dirhams). Los comensales aventureros deben probar uno de los puestos de carne de carnero del centro de la plaza, donde se vende todo tipo de cosas, desde sesos de oveja hasta brochettes de corazón.

El Bar Churchill, ubicado en el espléndidamente renovado La Mamounia, es un sitio perfecto para codearse con los ricos. Bautizado en honor a su cliente más famoso, escapó de la cirugía plástica del hotel casi completamente ileso, y todavía chorrea cuero negro, piel de leopardo y cromo pulido. Si busca bailarinas de vientre, Le Comptoir Darna (Avenue Echouhada), una brasserie franco-marroquí del prometedor distrito industrial Hivernage, ofrece uno de los mejores espectáculos de la ciudad, que se está llenando de bares de moda, aunque Gueliz siga zumbando.

Segundo día

Souk Cuisine (Zniquat Rahba, Derb Tahtah 5) es uno de los varios talleres de cocina marroquí que han aparecido durante los últimos años. Dirigido por Gemma Van Der Burgt, una expatriada holandesa, el taller de 10 a 15.30 empieza con una visita al mercado y culmina con un almuerzo de cuatro tiempos (40 euros).

El colonialismo francés sigue moldeando facetas de la ciudad, y el sitio donde se expresa con más belleza la fusión de las sensibilidades francesa y marroquí tal vez sea los Jardines Majorelle, un jardín botánico de casi 5 hectáreas en el distrito francés de Gueliz. Los jardines en azul cobalto, con palmeras, yucas y estanques de lirios, se convirtieron en el patio trasero de Yves Saint Laurent, cuyo profundo amor por Marrakech es evidente en su colección personal de artesanía y textiles exhibida en el adyacente Museo de Arte Islámico.

Después de haber sido marginada durante siglos, la cultura berberisca se revaloriza. La Maison de la Photographie exhibe una colección de 4.500 fotografías que ilustran la vida en la Medina. El ticket de 40 dirhams también incluye el ingreso al Ecomuse Berbere de l’Ourika, un nuevo museo localizado a 37 km de la ciudad, que captura la vida en una villa berberisca tradicional.

Si los hoteles se han vuelto elegantes, el paisaje gastronómico los acompaña. Por caso, Azar, un ostentoso restaurante libanés.

Tercer día

En la tierra de los mil hammans, Royal Mansour (Rue Abou Abbas el Sebti) es un fortificado palacio del placer que pertenece al rey Mohammed VI. Mujeres ataviadas con caftanes guían a los visitantes a través de túneles hasta las habitaciones privadas, donde los tratamientos incluyen masaje con aceite de ergun (desde 1.200 dirhams).

Y por último, ya cansado de regatear, hay que visitar las elegantes boutiques de la Rue de la Libert, en Gueliz. Nuevas galerías, como David Bloch Gallery (8 bis Rue des Vieux Marrakchis), especializada en arte callejero, se han convertido en plataforma para prometedores artistas franceses y marroquíes. Otro nivel de contraste en la siempre cambiante ciudad.

Por Charly Wilder, para The New York Times / Travel. Publicado en diario PERFIL.

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