Renace un histórico bar de la vieja Habana

El emblemático bar fue visitado por escritores y artistas y cerrado en 1965, con la llegada de Fidel Castro.

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Ya se escucha de nuevo el tintinear de las copas en el original Sloppy Joe’s, bar icónico de La Habana que se reinauguró hace dos semanas, tras casi medio siglo y que muy probablemente se convertirá en una escala obligatoria para los turistas, deseosos de sumergirse en la atmósfera del pasado libertino de la capital cubana.

Los camareros, vestidos de negro con camisa naranja y corbata, se apresuraban a servir ronda tras ronda del Sloppy Joe, un refrescante trago preparado con una mezcla de brandy, oporto y Cointreau, con un toque frutal de piña, mientras dos docenas de clientes se tomaban un receso del calor primaveral y probaban platos como ceviche y camarones marinados.

Muchos de nuestros clientes… al entrar al bar, respiran esa atmósfera de los 50 que siempre caracterizó el lugar“, dijo su gerente Ernesto Iznaga, entrevistado por la agencia Ap. Fotos históricas que cuelgan de las columnas del bar hacen volver esa era a la vida de manera vívida y son grandes recordatorios de la popularidad del Sloppy Joe’s entre los turistas estadounidenses que visitaban La Habana, a sólo 146 kilómetros de la Florida, su lugar preferido de entretenimiento desde la Prohibición.

Una foto muestra a Ernest Hemingway, Noel Coward y Sir Alec Guinness cuando éste último estaba en la ciudad para filmar “Nuestro hombre en La Habana”, que incluyó una escena filmada en el bar. “Todos tenían que tomarse una foto en el Sloppy Joe’s, lo mismo si eran turistas estadounidenses comunes y corrientes o estrellas de cine“, dijo Barbara Bachman, diseñadora de libros de Nueva York que fue una de las primeras en llegar al bar a pedir un trago.

El bar fue cerrado en 1965 cuando el gobierno comunista de Fidel Castro nacionalizó casi todas las actividades privadas, y quedó abandonado a lo largo de las décadas, hasta que la Oficina del Historiador de la Ciudad, una entidad del gobierno, comenzó a estudiar la idea de reconstruirlo en 2007.

Historiadores, arquitectos y diseñadores repasaron con todo cuidado fotografías de hace muchos años y entrevistaron a personas que visitaban el bar en sus buenos tiempos para recrear el lugar con la mayor fidelidad posible, hasta las molduras de yeso, las paredes de madera oscura y las coloridas botellas de alcohol colocadas detrás de un vidrio.

La barra de caoba, que en un tiempo se consideró el más largo de América Latina, con 59 pies (18 metros), se pulió hasta dejarla reluciente. “Es muy agradable. No es lo que uno esperaría en La Habana en lo absoluto“, dijo Nick Clough, de visita desde Newcastle, Inglaterra. “Así es como era antes“, afirmó su esposa, Joanna Clough. “Una siente que ha dado un viaje al pasado, aunque es claramente nuevo y moderno“.

En su novela “Nuestro hombre en La Habana”, Graham Greene dice: “Ningún habanero iba al Sloppy Joe porque era un lugar para turistas“. Esa seguirá siendo prácticamente la norma durante la segunda encarnación del Joe’s.

El bar se ubica entre varios hoteles de lujo para turistas y a pocos pasos de algunos de los museos más importantes de la capital cubana. Un emparedado y un trago cuestan unos 13 dólares, además de la propina, demasiado costoso para los cubanos, que tienen que arreglárselas con los salarios del gobierno, que son de un promedio de 20 dólares al mes.

Pero los turistas en busca de un sitio histórico seguramente peregrinarán a este bar a tomarse una foto en el mismo lugar donde muchas estrellas, desde Frank Sinatra y Ava Gardner, hasta Nat King Cole y Ted Williams, en una época saciaron su sed.

Entre estos habrá un número cada vez mayor de estadounidenses, que viajan a la isla por decenas de miles todos los años en viajes de intercambio cultural, que son estrictamente dirigidos pero que incluyen algún tiempo libre en las noches.

Los sándwiches son sinónimos del lugar y se cuenta que los crearon aquí, aunque otros también se atribuyen su autoría. Se preparan con carne molida aderezada con tomate y aceitunas, en una cantidad tal que se desborda del pan, que se hornea con un reborde con el fin, inútil en la práctica, de que la carne no se salga.

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