Pinceladas de la Costa Roja

Céleres pintores dieron fama a el pueblo de francés de Colliure, repleto de galerías de arte y paisajes encantadores. Galería de fotos

Hoy, multitudes de turistas se apretujan en los callejones caminando hacia la iglesia-fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles, construida en 1684. Foto: dpa [ Ver fotogalería ]

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Por Bernd F. Meier (dpa)

Pixie Bechal ha colocado su caballete en el angosto muelle de Colliure. La pintora londinense lleva diez años viajando siempre a esa localidad portuaria a orillas de la Costa Roja, en el extremo sur de Francia, cerca de la frontera con España. “Aquí la luz es inusualmente suave. Colliure es un lugar especialmente hermoso para vivir y pintar aquí“, dice la artista británica.

La pintura en Colliure tiene una larga tradición. En el año 1904, Henri Matisse viajó con su colega pintor André Derain a este soporífero pueblo de pescadores. Los dos se dejaron inspirar por la riqueza de los colores en esta localidad del Mediterráneo catalán. Los tejados rojos, los postigos azules, el suave color rosa de las fachadas de las casas, los veleros en el viejo puerto, los callejones y la insólita torre de la iglesia Nuestra Señora de los Ángeles, todo eso debió haber causado una honda impresión en el dúo artístico de aquel entonces.

Para Matisse, Colliure era el lugar ideal para desarrollar su concepto artístico. Probablemente, familiares suyos de la cercana ciudad de Perpiñán le habían hablado de esa bonita localidad“, dice la experta en arte Nati Zorzo durante un paseo por el Chemin du Fauvisme, el Camino del Fauvismo, la corriente pictórica cuyos representantes elegían para sus cuadros sobre todo colores luminosos. “Matisse y Derain fueron los fundadores del fauvismo“, explica Nati Zorzo. Los motivos de los pintores se caracterizaban por sus colores luminosos.

Hoy, el Camino del Fauvismo es la ruta característica que pasa por los 20 lugares donde Matisse, Derain y sus colegas artistas colocaban sus caballetes y creaban sus obras de vivos colores. A lo largo de la ruta hay paneles que explican con reproducciones las obras de arte. Los valiosos originales se pueden admirar en museos como el New Yorker Museum of Modern art, el Hermitage en San Petersburgo o el museo Folkwang en la ciudad alemana de Essen.

Zorzo, la guía artística, se detiene con el pequeño grupo de interesados delante de la casa número 22 de la Rue de la Démocratie, la Calle de la Democracia. “En este lugar Matisse creó en 1905 lo que probablemente es su obra más importante, ‘La ventana abierta’“, explica la historiadora de arte. Matisse y Derain fueron los primeros pintores que plasmaron motivos de Colliure. Posteriormente siguieron su ejemplo Georges Braque, Raoul Dufy, Albert Marquet y Pablo Picasso.

Con los pintores llegaron los primeros forasteros a este pueblo de pescadores aislado, que tiene una fortaleza que ya existía en el siglo VII después de Cristo. Como testimonio del pasado sigue allí el impresionante castillo de los reyes de Mallorca, que se construyó entre 1276 y 1344 y que se alza en una elevación sobre la pequeña población.

En la década de los 50, los primeros turistas descubrieron la pintoresca localidad de Colliure. Hoy, multitudes de turistas se apretujan en los callejones caminando hacia la iglesia-fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles, construida en 1684, con su insólito campanario, que en el pasado también servía de faro.

Un poco más tranquilo es el recorrido hacia el Vieux Quartier du Mouré, cuyos callejones suben empinados desde la iglesia. Este barrio recibe a los visitantes con preciosos adornos de flores. Algunas de las más de 30 galerías establecidas en Colliure presentan allí óleos, litografías y esculturas.

Los amantes del arte visitan la cervecería del hotel-restaurante “Les Templiers”, donde las paredes están llenas de cuadros. Dicen que en el pasado no pocos artistas en apuros pagaban su cuenta con pinturas. Matisse, Picasso y Dalí, quienes también se daban cita en “Les Templiers”, adornaban el libro de visitantes de la casa con pequeños dibujos humorísticos.

En Céret, otra localidad de artistas, situada tierra adentro a 30 kilómetros de Colliure, se respira tranquilidad. Sin embargo, en 1910 el ambiente soporífero en esta pequeña ciudad rural en las faldas de los Pirineos de golpe se sacudió cuando llegaron el escultor Manolo Martínez Hugué, el pintor Frank Burty Haviland y el compositor Deodat de Séverac.

En los años siguientes comenzó un auténtico turismo de pintores. Georges Braque, Juan Gris, Marc Chagall, Pablo Picasso y muchos más viajaban hasta entrada la década de los 30 a Céret convirtiendo la pequeña ciudad en el centro del cubismo.

El casco viejo de Céret con sus callejones angostos está lleno de galerías y estudios. Plátanos nudosos dan sombra en pequeñas plazas y calles. El agua brota alegremente de la fuente situada en la Place des Neuf Jets. Al mediodía los paseantes disfrutan del vino rosado fresco en el “Grand Café”, lugar de encuentro de artistas, donde ya iba a tomar unas copas Picasso.

A sólo pocos metros de distancia, en el bulevar Maréchal Joffre, se encuentra el Museo de Arte Moderno, un auténtico tesoro de Céret. A iniciativa del pintor Pierre Brune, el museo se inauguró en junio de 1950 en el antiguo convento de carmelitas. Hoy, un edificio nuevo luminoso alberga la espléndida colección de obras maestras del cubismo y también acoge exposiciones especiales de obras de artistas contemporáneos.

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Un comentario en “Pinceladas de la Costa Roja

  1. Kuky | 29/04/2013 | 22:11

    No hay correctores en el diario? “

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