Mitos y espíritus en la cima del mundo

Además de ser el corazón del Himalaya, Nepal deslumbra con destinos como Mustang. Fotogalería.

El Himalaya es un ícono de los alpinistas. Para descubrir un auténtico pueblo de la región, místico y solitario, el mejor trekking es hacia Mustang, a donde sólo se llega con permiso oficial (US$ 500). Foto: Cedoc Perfil [ Ver fotogalería ]

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El relato comienza con un demonio. Siglos atrás, destruyó los cimientos de un monasterio budista en construcción, en el centro del Tíbet. Entonces, Guru Rinpoche, quien había llevado el budismo al reino, persiguió al demonio del oeste, adentrándose en el territorio de Mustang.

Ambos combatieron sobre los picos nevados, los cañones desérticos y las estepas. Guru Rinpoche venció y desparramó trozos del cuerpo del demonio a lo largo de Mustang: su sangré formó imponentes acantilados rojos y sus intestinos dieron tumbos por los vientos  que recorrían la tierra, hacia el este de los acantilados.

Más tarde, los pobladores construyeron un muro de piedra para orar, el más largo de Nepal, sobre los intestinos. En la quinta jornada de nuestro periplo, residimos sobre el corazón del demonio. En una ladera,  los habitantes de Mustang han erigido el monasterio de Lo Gekar, uno de los más antiguos del mundo tibetano.

Un lama muestra los alrededores. Abundan pinturas de criaturas temibles, con colmillos y piel azul. Los tibetanos las llaman deidades protectoras. Nuestro guía, Karma, me condujo a las sombras y señaló otra pared. Miré una estatua de Buda, que había sido tallada en la roca. “Ellos dicen que la estatua es natural y fue descubierta en ese estado”, dijo Karma. “La gente de Mustang está repleta de historias. Creen todo. Hay  espíritus por doquier”.

Mustang era un caldero de mitos. Lo descubrí en un viaje de 16 días a través de la región del Himalaya de Nepal. Mientras deambulaba por los valles y las aldeas de paredes blancas, escuché relatos que portaban la imagen viva de una tierra áspera, un lugar de profundos barrancos, viento punzante y antiguas cuevas que sirvieron de hogar.

En el arco norte del circuito estaba el pueblo de Kagbeni, con su monasterio de muros rojos. Hacia el norte había un desfiladero tallado por el amplio río Kali Gandaki. Más allá se encontraba la cima de Mustang, o el reino de Lo, prohibido a los que no tienen un permiso del gobierno nepalí.

Para los turistas, Mustang proporciona el sabor auténtico de la cultura tibetana. Se encuentra en Transhimalaya, un vasto desierto, a gran altitud, hacia el norte de la principal cordillera del Himalaya. El año pasado, unos tres mil turistas llegaron a la zona superior de Mustang, 25% más respecto de los tres años anteriores.

Sin embargo, la cuota del permiso –500 dólares por diez días y 10 por cada día adicional– aún disuade a muchos viajeros. “Nuestra tierra está en uno de los rincones más bellos del mundo”, dice Jigme Singi Palbar Bista, príncipe ceremonial de Mustang. “Pero si viniera una gran cantidad de turistas, no seríamos capaces de apoyar a todos”.

En cada jornada de senderismo me maravilló constatar cuán diferente era el paisaje de Mustang a todo lo que había visto en el Himalaya. Era un lugar con vistas hacia el cañón, alrededor del valle de Kali Gandaki. En su mayor parte las tierras altas son desoladas, con ocasionales peregrinos tibetanos y caravanas de yaks. Incursionamos en la zona al segundo día.

Allí, las aguas del río Kali Gandaki fluían velozmente. Todo nuestro equipo estaba en tres caballos. Además de Karma, había un jinete y un cocinero de la etnia sherpa. Pasando el río se llega al pueblo de Samar, considerado el lugar más húmedo y verde de Mustang.

Antes del anochecer cruzamos un paso cubierto con banderas tibetanas de oración y caminamos hacia una casa de campo. Los principales pueblos de Mustang contaban con al menos un hostel. Los días siguientes fueron la rutina del senderismo. Levantarse a las 6, desayunar, caminar de seis a ocho horas y llegar a un pueblo antes del anochecer. El paisaje se volvió más árido, y los colores de las montañas –tonos de rojo, marrón y ocre– variaban con el movimiento del sol.

Encima de las colinas, sobre las vías que conducen a las aldeas e incluso en el interior de las cuevas, la gente había construido pequeños altares budistas, en parte para alejar a los espíritus que los dañan. El budismo tibetano y los mitos entrelazaron hilos a su vez tejidos en la trama del paisaje.

Arribamos a Lo Manthang tras acampar un par de noches con familias nómades. Después, seguí a Karma hacia un lugar tan singular como oculto, Tashi Kabum, una cueva templo decorada con algunas de las pinturas mejor conservadas del arte budista.

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(*) The New York Times /Travel. Nota publicada en el Diario PERFIL el 18 de mayo de 2013. Traducción Emilio Rosales

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