SERVICIO / LIBROS PARA EL VIAJE

Lectores nómades

La lectura es una técnica de supervivencia en las esperas aeroportuarias o una manera de disfrutar el viaje con imaginación. Qué llevar.

ELEGIR. Hay un libro para cada destino. [ Ver fotogalería ]

Ficha

Por Omar Genovese, Diario PERFIL

¿Qué hace un argentino con su tiempo durante el viaje? No existe una respuesta absoluta, pero si la tecnología no le satisface como para jugar con un celular –y el paisaje resulta una incógnita nocturna–, la solución puede ser la lectura, tanto para sobreponerse en un avión bajo turbulencias o para superar la incomodidad de los vecinos ávidos por dialogar sobre temas irrelevantes, o para sobrevivir al aburrimiento absoluto en la espera de un transfer.

En realidad, existen dos tipos de situaciones: viajar con argentinos o viajar sin referencia nacional. Es que la concentración para la lectura se hace más dificultosa con la murmuración constante de la lengua madre, que suele entrometerse sin permiso en nuestros pensamientos. Pero, ¿qué leer en tránsito? Porque se trata de libros tan pasajeros como nosotros, libros de mano. Y esto marca una diferencia: a nadie se le ocurriría llevar en un bolso el pesado tomo del Ulysses, de James Joyce, o el viejo tomo I de las Obras completas de Jorge Luis Borges publicado por Emecé. Se debe pensar en un ejemplar fácil de maniobrar, por ejemplo, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, novela corta para un viaje de ocho horas en micro o en avión, y a cuya trama podrá el viajero ingresar y salir sin dificultad ante interrupciones como comer o ir al baño. En la misma línea se encuentran Bajo el volcán de Malcolm Lowry, Pedro Páramo de Juan Rulfo, o El americano impasible de Graham Greene, que por su extensión también sirve para el viaje de regreso.

Ahora bien, con la tecnología allanamos los límites: con una tablet o un e-reader la lectura en pantalla facilita el traslado de una pequeña biblioteca universal. Y allí es donde aparecen las temáticas: filosofía, ensayo, cuento, novela, historia, biografía, poesía, policiales, política, ciencia ficción, y así, hasta lo más reiterativo como la situación que nos ocupa, que es el diario de viajes.

En esa consagración de los libros a través de las centurias, es recomendable tener copia digital de: Vidas para leerlas de Guillermo Cabrera Infante, Comentarios a la guerra de las Galias (con notas de Napoleón) de Julio César, El paseo de Robert Walser, Historia del ojo de Geroges Batailler, América, de Franz Kafka, El amante de Marguerite Duras, El malestar en la cultura de Sigmund Freud, Historia del tiempo de Stephen Hawkins, Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss, y así, hasta enumerar el infinito literario humano.

Pero existe un detalle: si el artefacto de lectura queda sin baterías, debe volver al libro físico. Y se me ocurre, a manera de despedida, leer según destino. Si viaja a Londres, lleve Jugador de V.S. Pritchett; a Nueva York, Pigmeo, de Chuck Palahniuk. Si va a París, Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert (Tusquets), contiene todo el humor que la ciudad no le garantiza.

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