Mate y polenta en Brasil

Gramado y Canela, en la Sierra Gaúcha brasileña, es un espacio particular: la impronta de la inmigración alemana e italiana se fusiona con la cultura local, en la que hay mate y asado. Noches frías, paisaje ondulado, y chocolates y vinos locales marcan la diferencia.

La colina de la vida. El Festival de las Navidades comienza en noviembre y dura hasta bien entrado enero. En otras regiones de Brasil, hay Carnaval, pero aquí la ciudad lo festeja hacia fin de año con muchas fiestas populares. [ Ver fotogalería ]

Ficha

En el tren de vapor, que recorre la ruta del vino, el viajero escuchará la canción de La Bella Polenta: el viaje es lento y delicioso, por pueblitos y ciudades como Garibaldi, mientras los grupos de música italiana recorren cada uno de los vagones. El público –entre los que está el viajero, que llegó desde la Argentina–, aprenderá una suerte de coreografía que reproduce los pasos de la cocción del alimento, que todos reproducen entre el sonido del acordeón y la voz deliberadamente desafinada del cantante. Pero no será la única vez que escuche esa música. También habrá acordeones y voces estentóreas en otros tramos del recorrido: La Bella Polenta es una de las posibles músicas del viaje.

Claro que la polenta no es una cuestión eminentemente musical: el viajero comerá polenta frita más de una vez –un snack al que debiera apelarse más seguido en Buenos Aires–, polenta a la piamontesa, con quesito y jamón derretido, con tuco, en más de una oportunidad. En la memoria, el sabor de la polenta se entremezclará con otros muy propios de la región que visita: el aroma de la yerba mate, las especias casi dulces alemanas, el chucrut garni, la cáscara de pomelo del sauvignon blanc de sus vinos, el chocolate, el café. Las músicas y los aromas, se fusionarán con la grata sensación de frío, las postales navideñas –la ciudad iluminada de rojo y blanco, los Papá Noel en los escaparates–, los techos a dos aguas, los lagos con patos y cisnes.

A esto, se suman otras cuestiones, otros detalles: se sabe que amamos un todo, pero nos enamoramos precisamente de los detalles. Tal es el caso de la impresión que le provocará el tráfico ordenado, el relativo silencio e, incluso, el grato agotamiento que le sobrevendrá cuando tendrá que subir por las empinadas calles hasta el Hotel Serrano, también a dos aguas. El viajero todo el tiempo deberá hacer el esfuerzo por recordar que está en Brasil. Sí, porque hasta ahora lo que hemos hecho es describir a Gramado y su entorno, la Sierra Gaúcha, el Estado de Rio Grande do Sul. Una de aquellas regiones de Brasil que el desprevenido definirá con el consabido “no parece Brasil”, pero que es definitivamente muy, pero muy Brasil: las playas están a poco más de 100 km (el Balneario de Torres), la gente come farofa con la carne, y se ve cierta pujanza económica que empuja todo. Una región, sin dudas, curiosa, paralela a la provincia argentina de Corrientes, pero a poco más de 800 m sobre el nivel del mar. Un sitio –como todo nuestro continente– fruto de las sucesivas inmigraciones, pero que aquí conservan mucho de la personalidad de su país de origen. De hecho, en la vecina Nova Petrópolis el 90% de la población es alemana. La gente habla el idioma del país europeo, incluso con palabras que ya no se utilizan del otro lado del Atlántico. Claro que aquí el diálogo está mediatizado por el chimarrao, el mate local, de un verde fosforescente. Fosforescencia que tiene explicación: “el mate brasileño es diferente al argentino –nos explicará la sommelier de mate Karla Johan Lorenzo–, porque no tiene estacionamiento”. El paseo por las distintas zonas rurales vecinas a Gramado, las llamadas linhas –palabra que podría traducirse como “colonias”– también incluirá la visita a una fábrica de Erba Mate: el viajero se encontrará con una gran diferencia con las plantaciones de nuestro país: la yerba vecina a las vides, Mendoza en Misiones, en esta Europa en Brasil. También podrá ver las primeras casas sobre las colinas, antiguos molinos harineros, hornos de leña, donde se sigue cociendo el pan y señoras como Enriqueta Ferrari, que sigue recibiendo al viajero, a los viajeros, en la Casa Centenaria, la más antigua de la región. Gramado (43 mil habitantes) es el chocolate, el orden, los festivales de cine y de Navidad, el Mini Mundo, una ciudad de miniatura, en escala 1-24.

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Canela (30 mil habitantes), pegada a ella, es el Parque Natural del Caracol, con una cascada y la Catedral de estilo inglés. Porque ahí hay otra clave esencial: la naturaleza es brasileña, barroca, exuberante.

La primavera es la estación del año ideal para recorrer sus calles florecidas de hortensias.

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