Fotos | En la colorida Cuba, el pasado nunca muere

En la isla caribeña saben que, además de las playas, su pasado seguirá siendo el mayor atractivo turístico del futuro. Crecen las inversiones y las expectativas.

La Habana está minada de rincones secretos, aún por descubrir. Y el cayo Santa María es uno de los destinos más nuevos de Cuba, un país en transición. Un Viaje a la isla que busca nuevo destino. Foto: Diario Perfil [ Ver fotogalería ]

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Por Emilia Delfino, desde La Habana (Diario PERFIL)

Cuba atraviesa un momento histórico. No tan histórico como la Guerra de Independencia o la Revolución del 59, pero sí una etapa de transición que se palpa tanto en las playas de los cayos como en La Habana. Los cayos es una buena opción para empezar a adentrarse en Cuba. Copa Airlines tiene varios vuelos directos a Santa Clara, desde Córdoba y Buenos Aires y, desde allí, un bus directo lleva al cayo Santa María en apenas 90 minutos.

El cayo Santa María, en la costa norte de la isla, es un paraíso agreste con poca tradición turística, que empezó a desarrollarse hace apenas cinco años gracias al atractivo de algunas de las mejores playas caribeñas. La pequeña isla es la única a la que puede llegarse por tierra, a través de un terraplén que es orgullo de la región, a cuatro horas y media de La Habana. Allí se puede pasar horas dentro del mar tibio y luego tomar un catamarán para descubrir zonas vírgenes donde se nada mar adentro sin encontrar profundidad. Es un oasis de la realidad cubana, salvo en los momentos en que se siente el bloqueo que aún sufre la isla, por ejemplo en la escasez de frutas fuera de estación.

Cuba es playa pero Santa Clara pesa tanto en la historia que es una parada obligatoria. Y otra realidad. Allí viven quienes trabajan en los hoteles y viajan hasta La Habana atravesando el bosque tropical, las zonas rurales y otros pueblos no turísticos. Viñales, al este de La Habana, es otro destino diferente: zona de tabacales y mogotes, un paisaje único. La Habana es un sinnúmero de rincones del tiempo, fabulosos patios internos, columnas hipnóticas, frentes que no tienen nada que envidiar a Europa. Música, puros y ron. Los mejores.

Ernesto Canteli González, poeta y profesor de Filosofía, es fanático de la arquitectura de la Ciudad Vieja y esquivo de los trillados puntos pensados para extranjeros: “los sitios canallas”, como los llaman muchos cubanos. Ernesto Guevara decía que “la calidad es el respeto al pueblo”. Ernesto, el poeta, sabe dónde encontrarla: el mejor mojito no está en los promocionados bares turísticos sino en Hostal Los Frailes, un hotel a metros de la plaza San Francisco, que fue la casa de los monjes franciscanos, que tuvieron una fuerte presencia en la ciudad durante siglos. “El Dandy”, en la calle Brasil, es un diminuto bar de buenos tragos con una atmósfera única.

La Habana también es una ciudad de plazas con encanto propio. En la Plaza de Armas, a metros del Palacio de los Capitanes, hoy museo de la Ciudad, con calle de madera, espera “el Gallego” de la Casa del Agua, que llegó a Cuba cuando tenía apenas un añito y sus padres escapaban del franquismo. En las calles de la capital, Cuba es más sincera. A diferencia de otros puntos del país, aquí muchos cubanos no ocultan a nadie que están a la espera de un tren próximo que los llevará a una nueva estación, que desconocen, que los asusta pero adonde muchos sienten que necesitan llegar.

Tienen ganas de hablar con los viajeros, especialmente si son latinos. Aquí el castrismo ya no se llama Fidel, para muchos símbolo de la obstinación y de la familia que está lejos. En el Paseo del Prado, Lázaro habla con esperanza del futuro pero no quiere perder “el socialismo” y, como muchos cubanos, espera que el gobierno logre un equilibrio entre la apertura y las bondades del sistema. El es uno de los jóvenes de deambulan por el Prado día y noche en busca de CUC. Puede llevar las valijas, indicar direcciones o simplemente charlar.

Conectarse a internet en Cuba es una odisea. Etecsa, la empresa estatal de telecomunicaciones, tiene una oficina en La Habana Vieja, donde pueden conseguirse las tarjetas a mejor precio que en los hoteles (2 euros la hora contra 4,50). Extremadamente caro, especialmente para los cubanos, y con largas esperas. La fila de Etecsa es uno de los lugares donde el carácter cubano estalla en su mejor expresión para revelar las trampas del sistema. Las tarjetas oficiales también se consiguen un poco más caras pero en el mercado negro. Por mercado negro, léase: un hombre en el bar de enfrente.

El Museo de la Revolución fue el majestuoso Palacio del Presidente y hoy uno de los puntos históricos más importantes de la ciudad. De visita, unos estudiantes de Enfermería y su profesor hablan del estilo de vida de muchos cubanos. Y como sucede siempre en toda Cuba, buscan conversar con los argentinos. La mitad del grupo piensa que la felicidad está en conseguir un amor, tener una familia y no trabajar más de ocho horas diarias.

Los jóvenes marcan el nuevo ritmo de la sociedad cubana y son la grieta. “Ellos quieren viajar, conectarse a internet, tener cosas”, cuenta una madre cubana. “No son como nosotros, los que nos quedamos. Y el futuro son ellos, no nosotros”. Su esposo mira el piso. Añora cosas del pasado, cuando le enseñaron a no desear lo que sus hijos ahora anhelan. Otra cubana responde: “Primero dependíamos de España; luego de los Estados Unidos; más tarde de la Revolución, y de Moscú pese al bloqueo. Nunca supimos depender de nosotros mismos y ahora pagamos los costos”. Podría ser cualquier país de Latinoamérica, pero es la isla prohibida que atesora las playas maravillosas y una de las historias más singulares del continente.

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