Heliesquí en Alaska: adrenalina, viento y nieve

Los picos de las montañas Chugach dibujan el escenario perfecto para uno de los deportes blancos más intrépidos. Esta vez, quienes se animan a los precipicios son mujeres. Fotos.

A las montañas Chugach, se sube en helicóptero y se desciende en esquí. Una aventura extrema sobre tablas, a la que se atreven las mujeres intrépidas. Foto: Cedoc Perfil [ Ver fotogalería ]

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Por Cindy Hirschfeld (The New York Times/Travel)

Apretujada entre tres compañeras de asiento en la parte trasera del helicóptero AStar, me mostraba tranquila, pero por dentro estaba teniendo un momento de “¡Oh, Dios mío, no puedo creer que estoy haciendo esto!”. Estábamos siendo transportadas a un lugar remoto entre los aparentemente interminables picos de las montañas Chugach en el sudeste de Alaska, donde finalmente nosotras nueve, todas mujeres, nos calzaríamos gruesos esquíes para nieve en polvo o tablas de snowboard, para hacer descensos con los que habíamos soñado todo el invierno. Teníamos entre 30 y 40 años, y habíamos llegado a Valdez para este viaje de esquí que calificaba como algo que debía hacerse antes de morir.

Hacer heliesquí en Alaska implica pasar unas vacaciones duras, recorrer terreno escarpado potencialmente terrorífico, enfrentar el temor a ser atrapadas en una avalancha, descansar, y disfrutar tu tiempo posesquí no en un chalet, sino en un utilitario Best Western en un pueblo petrolero marginado, cuyas calles son manchas de hielo grueso. Pero no éramos las vacacionistas típicas: queríamos hermandad, algo que escasea en muchos lugares de heliesquí.

Nuestra cabecilla era Nina Quirós, fabricante de ropa boutique, de Durango, Colorado, que viaja por el mundo practicando snowboard o kitesurf. Ella ya había ido a Valdez y se había dado cuenta de que allí faltaba una cosa: otras mujeres. Por eso, se comprometió a volver el siguiente invierno con un grupo de mujeres amantes de la aventura.

Así es como nos encontramos hace un mes, después de haber viajado desde Colorado, Utah, Arizona y Texas, un colectivo suelto unido por una causa común. Llegamos desde Anchorage hasta Valdez, acompañadas por H2O, compañía de heliesquí, en una jornada de un viento a gran escala, que había arrancado polvo y dificultado los vuelos. La primera noche recibimos instrucciones de seguridad y practicamos con nuestras balizas para avalanchas, parte del equipo obligatorio que estaríamos usando. Ese equipo también incluía arneses de escalada, que usaríamos todo el tiempo que estuviéramos esquiando, por el improbable caso de que una de nosotras cayera en una grieta glaciar y tuviera que ser rescatada con una soga.

También recibimos una introducción al protocolo del helicóptero, donde nos enteramos de que estas máquinas requieren un tratamiento cuidadoso. Al entrar y salir, por ejemplo, se debe tocar solamente el asiento del pasajero delantero para lograr estabilidad, y nada más. Y hay que tener cuidado de no golpear las botas de esquí contra cualquier parte del helicóptero.

Al día siguiente llegó la hora. A la una de la tarde, tomamos el servicio de transporte al helipuerto. Yo estaba en el primero de los tres grupos que era llevado a la parte superior de la pista de esquí, ya que el helicóptero puede llevar hasta cuatro personas a la vez, además del guía y el piloto. El guía de mi grupo de esa tarde era el dueño de H2O, Dean Cummings, un exesquiador de competición, que ha operado heliesquí durante casi dos décadas.

“Hoy vamos muy profundo”, anunció a través de nuestros auriculares mientras el helicóptero se levantaba. Para encontrar la mejor nieve, estaríamos volando veinte minutos en las montañas, parte de los 10.500 km2 de tierras públicas por los que H2O tiene permiso para llevar clientes. Bajamos en una pendiente cerca del glaciar Woodworth. Pero en lugar del polvo a la altura de los muslos que había imaginado, bajamos por pistas de placas de viento, superficies con la textura de cáscaras de naranja, terciopelo grueso y el ocasional montón de polvo.

En este enorme ambiente, consumimos los 600 metros verticales que esquiamos por corrida –un descenso de arriba a abajo en muchas zonas de esquí– casi inmediatamente. A pesar de estas condiciones menos que ideales, Cummings sonreía ampliamente al vernos en lo que, para él, era su patio de juegos. Me animaba la camaradería enérgica de nuestro grupo y lo sencillo que era relacionarnos. A veces, me dolía la cara de tanto reír. Y sin embargo algo me molestaba. Aquí estaba yo, en el supuesto viaje de esquí de la vida, y me sentía un poco decepcionada.

Había llegado a Alaska, en gran parte, para mejorar mi esquí. Y también, para asustarme a mí misma. Estaba deseando pendientes más pronunciadas de lo que habíamos esquiado, aquellas que involucraran más consideración y más desafío al hacer mi camino hacia abajo. Como una esquiadora de toda la vida que vive en Colorado, tenía la esperanza de encontrar mi propia línea final en Alaska. La mayor parte del viaje traté de alejar mis sentimientos racionalizándolos. “Las condiciones no son las adecuadas, hay demasiado riesgo de aludes”, me decía a mí misma. Pero en el fondo de mi mente estaba este pensamiento: “¿Era posible que, porque éramos mujeres, nuestro heliesquí fuera más liviano?”.

En nuestro tercero y último día de esquí, al otro lado del valle se veían una ladera acanalada con ventisqueros golpeados por el viento y rocas de un acantilado que sobresalía entre la nieve. Esto parecía más difícil que el terreno que habíamos estado esquiando. Sin embargo, esto me enseñó que el heliesquí liviano existe. Y que no siempre es “te caés, te morís”. Existe una gran cantidad de pasos intermedios más suaves, que están lejos de ser tan pronunciados como las pistas para expertos de muchos centros de esquí occidentales. Lo que hicimos en Alaska, en realidad, cualquiera que sea capaz de bajar una montaña puede hacerlo.

Por el contrario, un montón de momentos en Alaska hubieran sido imposibles de ser experimentados en un centro turístico. Una noche vimos cómo una gloriosa aurora boreal –brillantes cortinas de verdes y rosas de otro mundo– iluminaba el cielo. Y en un descenso desde la cima me detuve por un momento, y percibí el zumbido del helicóptero desapareciendo en la distancia y dejando sólo un inmenso silencio. Picos como catedrales se desplegaban en todas direcciones. Me lancé, para unirme a las otras mujeres que sabía me estarían esperando, con el entusiasmo a flor de piel, allí abajo.

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