PERNAMBUCO / BRASIL

Libres en Brasil: en auto pero sin apuros

En auto desde Recife hasta Praia da Pipa, los mejores consejos para manejarse sin agencias, sin horarios y gastando poco. Nado con delfines en mar abierto y paseos con tabla de mareas.

De Recife a Pipa, la costa pernambucana es apta para recorrer en auto y sin agenda fija. Nado con delfines en mar abierto y vía libre en la exclusiva playa de Carneiros. Foto: Cedoc Perfil [ Ver fotogalería ]

Ficha

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Laura Blanco (Diario PERFIL)

La autopista que lleva de Recife a Pipa está impecable. O, mejor dicho, en su gran mayoría. La salida de la ciudad suele estar muy congestionada y con mucho tránsito de camiones. Además, los radares electrónicos, que aparecen casi sin aviso, separados por pocos kilómetros, hacen aún más lenta la marcha (¡cuidado con las multas!).

El plan es recorrer las playas del nordeste de Brasil en auto y, para eso, lo mejor es partir durante un fin de semana, ya que en esos días el tránsito es más escaso. De lo contrario, mentalizarse y armarse de paciencia pensando en que la recompensa será grande: un paraíso nos espera a sólo 250 kilómetros de la capital de Pernambuco.

Una vez que dejamos la locura de la ciudad de Recife, el camino a Pipa por la BR101 es agradable, tranquilo, sin peajes y casi sin estaciones de servicio, por lo que conviene no dejarse estar y llenar el tanque en la primera que asome. La nafta en Brasil no es barata, pero sí un poco más económica que en Argentina.

PIPA, LA HECHICERA

Luego de pasar por Olinda (ciudad colonial en las afueras de Recife que vale la pena conocer) y por la moderna Joao Pessoa, se llega a Praia da Pipa, uno de los pueblos más “argentos” de Brasil (tiene una población de 11 mil habitantes, de los cuales 2 mil son compatriotas) y con una magia especial que hechiza desde el primer momento.

Las playas de Pipa no son las típicas brasileñas, pero no por eso son menos bellas. En vez de morros y cocoteros, hay empinados acantilados verdes llenos de vegetación y oscuras rocas que contrastan con el blanco de la arena.

Acá, la marea manda, cambiando el paisaje por completo en cuestión de horas: cuando está baja, forma piletones naturales ideales para familias con niños pequeños. Los que prefieran oleaje no pueden dejar de ir a Praia do Amor y Praia do Madeiro.

Pero, sin dudas, la reina del lugar es Baia dos Golfinhos, una playa paradisíaca, a la que sólo se llega caminando desde la playa del centro. La distancia no es larga, apenas 300 metros, pero las rocas pueden dificultar el trayecto, en especial si el mar está crecido. Se recomienda consultar antes la tabla de mareas (está incluida en casi todos los folletos turísticos del lugar), ir con calzado cómodo y no llevar demasiados bártulos.

Además de ser una de las bahías más bellas de todo Brasil y de su tranquilidad, tiene una particular atracción: los delfines que nadan a pocos metros de la costa, a los que se puede ver con facilidad desde allí. Aquellos que quieran observarlos más de cerca pueden alquilar kayaks (50 reales la hora). También hay embarcaciones que salen cada media hora de la playa del centro (70 reales) y permiten darse un baño en mar abierto al lado de estos simpáticos animalitos. No aceptan niños menores de 8 años.

La noche en Pipa no tiene desperdicio. Hay opciones para jóvenes, parejas y familias. Sus callecitas empinadas, empedradas y angostas albergan una enorme cantidad de posadas, bares y restaurantes de lo más variados: se puede comer desde sushi hasta asado, pasando por pizzas y milanesas.

Sin embargo, la especialidad del lugar son las tapiocas (una suerte de panqueques dulces y salados hechos con harina de mandioca) y los mariscos: pinchos de camarones asados, rabas y langostas se sirven tanto en las “barracas” de la playa como en los mejores restaurantes del centro.

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¿Los precios? Con un promedio de 60 reales cena una familia tipo. Para los “gasoleros” extremos, nada como alquilar una pousada con cocina y comprar en el supermercado. Si aún quedan ganas de seguir conociendo playas en auto, hay varias opciones: Tibau do Sul, una pequeña y calma ciudad donde se puede navegar por la Laguna de Guaraíra o pasar la tarde en Cacimbinhas, una playa que aún conserva su aspecto salvaje y de difícil acceso, a través de la playa de Tibau o por una larguísima escalera que desciende de los acantilados. En el trayecto de Pipa a Tibau es obligatorio hacer una parada para disfrutar la vista al mar y tomar unas fotos.

Ochenta kilómetros al norte está la bella ciudad de Natal pero, en esta ocasión, decidimos encarar nuevamente hacia Recife para conocer el sur. Porto Galinhas es el balneario por excelencia de los recifenses, quienes los sábados y domingos copan el lugar.

Durante la semana, claro, es mucho más tranquilo. La oferta hotelera es amplia y de lo más variada, hay desde pequeñas y sencillas posadas hasta los más lujosos resorts en la playa de Muro Alto. Una opción ideal son las suites ubicadas a “la beira do mar”: con parque y piscina sobre la playa, donde pasar la noche escuchando el sonido de las olas por 200 reales (alrededor de $ 700).

El snorkel caracteriza a este balneario. Todas sus playas tienen barreras de coral que forman piletones y donde se puede ver cualquier cantidad de pececitos. Si bien siempre hay puestos que alquilan máscaras y patas de rana a 5 reales, es mejor llevar un equipo propio para disponer cuando se guste.

Los lugareños seguramente recomienden la playa del centro para hacer esta actividad: allí incluso hay “jangadas”, balsas de madera que por unos pocos reales cruzan a los turistas hacia los arrecifes. Sin embargo, esta playa suele ser bastante concurrida.

Tal vez, la mejor para hacer snorkel sea Cupé, donde hay menos gente, más peces y sin embarcaciones que contaminen el paisaje. Maracaípe es otra playa soñada. Ostenta el mayor oleaje de la zona y salen excursiones en jangadas que recorren el Pontal, la unión entre el mar y el río. Durante el paseo, se navega por medio de manguezales, el hábitat natural de cangrejos y caballitos de mar.

Pasar el día en Carneiros es precioso. Ubicada a unos 40 kilómetros de Porto Galinhas, por un sinuoso camino asfaltado, es una de las playas más exclusivas de todo Brasil. Su acceso sólo es posible a través de alguna de las cuatro posadas y cinco restaurantes del lugar. Allí hay que pagar una entrada por auto de 20 reales y, si bien intentarán hacerle consumir en el predio, lo cierto es que no es necesario ni obligatorio. Se trata de una playa de postal: 6 kilómetros de arenas finas y blancas, aguas tibias y cristalinas, palmeras refrescantes y una pintoresca capilla, la Iglesia de Sao Benedito, construida en el siglo XVIII a pasos del agua.

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