36 horas en La Habana

En Cuba que hizo de la inquebrantable resistencia cultural un blasón, las cosas cambian, pero no tanto. La Habana sigue deslumbrando, incluso a los estadounidenses

La Habana ya no está congelada en el tiempo, al menos no completamente. Ninguna otra ciudad de Latinoamérica, o tal vez del mundo, puede afirmar que está viviendo lo que La Habana está experimentando ahora, luego de tantas décadas de anhelar el cambio. Foto: The New York Times / Diario PERFIL [ Ver fotogalería ]

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Por Damien Cave (The New York Times/Travel)

La Habana ya no está congelada en el tiempo, al menos no completamente. Ninguna otra ciudad de Latinoamérica, o tal vez del mundo, puede afirmar que está viviendo lo que La Habana está experimentando ahora, luego de tantas décadas de anhelar el cambio. Para los visitantes, la capital es una combinación del pasado y el presente, de la libertad y la restricción. Es una ciudad de decaimiento arquitectónico, pero también de creatividad, donde encontrar ingredientes para un menú estelar requiere proezas dignas del ingenio de Prometeo; donde la ópera es subversiva, y lo cursi también; donde internet apenas está llegando, y donde los cubanos jóvenes sin dinero están huyendo, mientras que aquellos que tienen conexiones e ideas esperan grandes éxitos.

El primer día vale la pena comenzar por la Revolución, lo que hace que Cuba sea distinta a cualquier otra isla caribeña: su historia de inquebrantable resistencia a Estados Unidos. El Museo de la Revolución es un santuario de la soberanía cubana, situado en el viejo palacio presidencial, con los agujeros de bala de la Revolución y decenas de vitrinas que documentan los triunfos de azotea del restaurante llamado El Cocinero, donde podrá almorzar el pescado del día por 60 CUC (pesos cubanos convertibles), equivalentes a alrededor de 61 dólares. Al lado de “El Cocinero”, “La Fábrica de Arte Cubano” se ve como una mezcla de centro comunitario y refugio antibombas, pero es un pintoresco experimento urbano de artistas que trabajan allí con permiso del gobierno, el dueño del edificio. Termine la noche con mojitos en Siá Kará. Ninguna visita a Cuba será completa sin una intensa discusión sobre dilemas existenciales. Siá Kará –una expresión afrocubana que significa “lavar el pasado”– es un salón ideal, lleno de buen gusto y buen licor.

Al día siguiente, “Café Laurent” ofrece brisa, vistas al mar un poco más allá de la recién bautizada embajada estadounidense, y ricas opciones para desayunar. Los puros cubanos se han vuelto casi un cliché, pero a continuación la forma de probarlos con un toque de autenticidad: primero, visite la fábrica Partagas, en La Habana, si hay recorridos (a veces sí, a veces no); después, vaya a Casa Abel, un nuevo restaurante bar y salón de puros operado por José Abel Espósito Díaz, quien pasó 19 años trabajando para Fidel Castro, desde sus días como guerrillero hasta Bahía de Cochinos y más. Ahora todo está un poco viejo, pero es vital. Esta es la Cuba de una orgullosa época anterior que sigue aferrándose, como un ancla sepultada en las profundidades del mar.

Para continuar con algo de modernidad, suba las escaleras de caracol hacia la Partagas. Es un encantador depositario del saber del tabaco. Luego de una caminata, Río Mar, al filo del suntuoso Miramar, es un espacio emergente donde ahondar en el pasado con pan de boniato y ropa vieja, un clásico de carne deshebrada que Río Mar prepara con cordero, en un esfuerzo por revivir un plato que casi desapareció luego de la Revolución. Los Van Van, Celia Cruz y otros tal vez tengan que competir con el reggaeton y el hip-hop, pero La Casa de la Música, en Miramar, sigue siendo un sitio nocturno confiable para salsa y merengue en vivo. El Malecón, la famosa muralla marina de La Habana, es un imán para los jóvenes, copas de ron en mano, mientras los taxis se abren paso a bocinazos en medio de un gentío que salió en busca del amanecer.

Los turistas van a Varadero. Los habaneros van a Guanabo, un pueblo de playa media hora al este de La Habana. Para hacer lo mismo, tome un taxi compartido en el parquecito que tiene un tren viejo, en la esquina de Agramonte y Misión. Los autos tienden a ser viejos y lentos, mucho mejor para un viaje pausado sobre la costa, que sigue siendo impactantemente poco desarrollada. La playa en sí misma es angosta, rebosante de vida en su punto más atestado con no más que unas cuantas decenas de cubanos nadando y disfrutado de lo que siempre ha hecho que Cuba sea la Perla de las Antillas: sus prístinas costas. Termine su viaje con uno o dos daiquiris en La Terraza de Cojimar, un abrevadero que está en el camino de regreso a La Habana y que era un favorito de Ernest Hemingway.

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