Paraíso chileno

El furor consumista de los argentinos parece no detenerse ante nada. Compras, playas, estrictos controles aduaneros y paciencia… mucha paciencia.

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Por Mónica Martin (Editora de Turismo de Diario PERFIL)

03/02/2017

 

¿15 kilómetros de cola para llegar a la Aduana chilena en el Paso fronterizo Cristo Redentor? ¿Perder la vida bajo el viento indomable y el sol abrasador? ¿Baños públicos sin agua y montañas de deshechos cayendo como deshielo tóxico de la cima de los tachos de basura? ¿Animarse con un Corsa o un Ford Ka a los caracoles de ripio en ascenso y descenso? No, no, mejor aventurarse a los otros pasos que llevan al país trasandino, pero que ni siquiera las secretarías de turismo recomiendan.

¿Romper trenes delanteros, amortiguadores y cajas de cambio, pero llegar? Sí, y después volver con todo, aunque el coche reviente y sea un dibujito animado en el que el kayak, las bicis y decenas de valijas desfonden el baúl y cuelguen del techo y los laterales. El furor consumista de los argentinos -léase tal vez, la desesperación por comprar algo un poco más barato fuera de este país donde los impuestos a la clase media estrangulan a la par que la capacidad de compra se reduce- parece no detenerse ante nada.

Una vez superada la instancia demoledora del cruce fronterizo, llega Santiago de Chile, el destino preferido de la mayoría. Sepa que allí también hay trapitos callejeros oficiales y no oficiales; que es imposible dejar el vehículo en alguna parte sin que cobren. Y también hay peatones. Y reinan: no importa si cruzan en rojo y por la mitad de la calle, tampoco si el flujo del tránsito en la avenida es de 40 o 60 km / h. Hay que parar. A nadie le preocupa tu infarto de miocardo por temor a que la imprudencia te cueste el choque con el coche de atrás.

Pequeñas anécdotas, si no se pierde de vista el objetivo esencial: comprar.

Santiago de Chile. Foto: Archivo

El paraíso del deme-dos chileno tiene sus bemoles. El derrotero de moda es La Gran Torre Santiago, un hermoso edificio vidriado de 300 metros diseñado por el estudio de nuestro querido César Pelli en asociación con otro par chileno. Además de dos hoteles y dos torres de oficinas, en la estructura más futurista de la capital funciona Costanera Center, hoy el shopping preferido de los argentinos. Cinco pisos de tiendas de todo tipo que ofrece marcas americanas, chilenas, patio de comidas y coqueta oferta gastronómica. En mesa de entradas, se puede solicitar una tarjeta de descuentos para turistas, aunque no sirva para nada (sólo una tienda la recibe). A diferencia de los premium outlets de Miami y Orlando, en estos locales las promociones no son acumulables. Y todo es en un pago (estamos en otro país, aunque nos sintamos en la Patria Grande).

Si prefiere cash, el mismo centro comercial tiene una ventanilla de cambio de moneda extranjera, a una tasa mucho peor que la que le ofrecían en la aduana. Hay seguridad por todos lados y piden que se lleve la mochila adelante, pero igual está lleno de punguistas experimentados. Camuflados, asedian entre las góndolas, las colas para pagar, los corredores, los ascensores. Cuantas más bolsas se lleve, el blanco es más apetecible y en cualquier momento faltará algo dentro de alguna de ellas. Y recuerde: los únicos artículos en los que realmente hará diferencia de precio serán las zapatillas y los electrónicos. Como decía mi mamá: lo bueno sale caro. O al menos, lo mismo que acá, con la gran desventaja de que el Ahora 12 no rige del otro lado de los Andes ni en ningún otro país.

Viña del Mar. Foto: Archivo

Por último, retirar el coche del estacionamiento: cobran cada media hora. ¿Conviene ir en metro? Obviamente, pero no hay manera de traer las cosas. ¿Parar un taxi? Sí, podría ser, pero no al voleo. Dicen que no son confiables. Hay otras opciones de compras mucho más económicas, por ejemplo ir a Estación Central, que vende ropa de confección chilena, segundas marcas y mucho trucho. Los locales recomiendan hacerlo sólo con efectivo, sin cartera ni mochila, vestido sencillamente y con el inútil cometido de disimular que es turista argentino. Allí también roban, pero más.

Al fin llega la playa, Viña del Mar. Abro el folleto de bienvenida, 13 recomendaciones de seguridad: (…) “ transite por lugares concurridos e iluminados… no deje el motor en marcha mientras abre o cierra el portón de acceso a su domicilio… si concurre a un restaurante o cafetería al aire libre, no deje su bolso, teléfonos móviles, cámara fuera de su alcance (…)”. Desde luego, nada que pueda tomar por sorpresa a un argentino, pero en vacaciones uno quisiera olvidarse que entrar y salir, moverse es casi un operativo comando.

Valparaíso. Foto: AFP

Una de las primeras noches, mi familia y yo quisimos ir a cenar a Valparaíso. Hablando con la gente no encontramos un solo chileno que nos instara a quedarnos: vayan a Viña del Mar o Con Con, acá es muy peligroso para los turistas. Aunque ese día les hicimos caso, arremetimos en horario diurno. Yo quería conocer La Sebastiana, la única casa de Pablo Neruda que aún no había tenido el privilegio de visitar. Y sucedió lo mismo. Pero esta vez el desánimo sumaba anécdotas frescas de atraco a vehículos y desvalijamiento a argentinos.

En la Aduana Argentina, de regreso, enseguida te ponen en autos: desde los países limítrofes, la Afip sólo otorga una franquicia impositiva por la vetusta suma de US$ 150 por persona, tratándose de adultos; y para los niños, US$ 75. Se podría traer una canoa, una máquina de coser o un bandoneón, que desde luego excederán ese monto fácilmente (pagará el 50% de recargo sobre el excedente) pero no más de un litro de vino.

Tras tantas horas de espera (el operativo retorno es idéntico al de partida) asoman las necesidades primarias y abunda la escasez de recursos. Si contaba con el sandwichito para el almuerzo o la cena, lo mejor es despertar el apetito con una buena caminata por la banquina, ya que de lo contrario será confiscado por el agente de turno. Así le pasó al incauto argentino que discutió por una manzana que había dentro de su auto y terminó pagando por ella como si fuera toda la cosecha de Río Negro. Algo que debe incorporar el turista argentino del Mercosur es la paciencia. Como en “Autopista del Sur”, de Julio Cortázar, hará amigos y se intercambiará teléfonos.

Y no deje de sumar destinos argentinos en sus planes de viaje. Mendoza, Neuquén, Río Negro, San Juan, La Rioja deslumbran y suman aventuras gratificantes. En ninguna de esas provincias le mirarán la patente antes de responderle una pregunta. Antes de partir, conviene consultar la resolución 3751/94 que reglamenta el equipaje de la categoría turista.

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