VIAJES DEL NEW YORK TIMES

Tres días en Belgrado, metrópoli del futuro con sabor ancestral

El Danubio también es serbio y atrajo a los celtas, los primeros pobladores de la capital que vio pasar muchas civilizaciones por sus paisajes balcánicos. Galería de fotos.

La capital serbia ya es casi la prima balcánica de Berlín: paisaje gris, encanto áspero pero intensa vida artística. Tras el deshielo militar, llegan los turistas. Foto: Perfil [ Ver fotogalería ]

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Por Seth Sherwood (*)

¿Es Belgrado la próxima Berlín? La capital serbia, ciudad de piedra grisácea con tranvías abollados y encanto áspero, a veces se ve como la prima europea oriental de la metrópolis alemana. Agréguele el paisaje de cafeterías de Belgrado, precios bajos, jóvenes diseñadores talentosos, distritos emergentes otrora industriales, cocina impregnada de salchichas y desenfrenada vida nocturna (desde bares con disc jockeys y embarcaciones para fiestas hasta centros nocturnos abiertos a toda hora), y la comparación parece aún más irresistible. Y aunque carezca de las instituciones culturales de talla mundial de Berlín, Belgrado, ubicada en la confluencia de los ríos Sava y Danubio, ofrece su propio atractivo, con distritos históricos sacados de libros de cuentos y venerables fuertes y parques.

DÍA 1. EL DANUBIO AZUL

El Parque Kalemegdan es el lugar de nacimiento de Belgrado. El promontorio verde donde convergen los ríos Danubio y Sava fue colonizado por los celtas hace milenios y muestra huellas de muchos imperios sucesivos. Para comprobarlo, hay que ingresar a la ciudad por el extremo norte de la calle Knez Mihailova y girar a la izquierda.

A lo largo del circuito, miradores de piedra almenada ofrecen vistas al Sava y a las embarcaciones para fiestas de la costa que cobran vida a la noche antes que el camino lleve hacia una antigua ciudadela, construida principalmente en el siglo XVIII. Este terreno herboso contiene un pozo romano, una torre de reloj austríaca del siglo XVIII, un mausoleo otomano, una mansión eslava del siglo XIX con estructura de madera y un museo militar: una retrospectiva casi completa del pasado de Serbia.

Cualquier cosa que quiera comprar está a la venta sobre Knez Mihailova, flanqueada por librerías, emporios de recuerdos, cadenas de ropa y artistas callejeros. Las fachadas de los edificios del siglo XIX y principios del siglo XX conforman un libro de estilos arquitectónicos, incluyendo el neoclásico, el neorrenacentista y el romántico.

El edificio separatista del Nº 42, construido en la década de 1920 como banco, fue convertido hace varios años en el Museo Zepter, una bóveda de arte del siglo XX. Las formas masculinas torturadas de los lienzos de Vladimir Velickovic muestran su deuda con Francis Bacon, mientras que las perspectivas inclinadas y ángulos de los dibujos de Dragana Stanacev inducen vértigo.

También abundan estilos abstractos, desde las complicadas salpicaduras de colores de las pinturas de Slobodan Trajkovic hasta las gruesas y terrosas capas de pintura de las obras de las décadas de 1960 y 1970 de Vera Bozickovic Popovic. La abuela estaría orgullosa. Restaurantes finos belgradenses están impulsando la cocina balcánica de antaño, impregnándola con ingredientes y arte del siglo XXI. Tomemos por ejemplo Ambar, sobre el río Sava.

La cena podría empezar con kaymak (queso suave y hongos porcini), o con brochetas de cordero asado con aceite de semillas de ajonjolí y berenjenas. Los platos principales, como crujiente pato salado con salsa dulce de betabel, tocan notas contemporáneas. Los vinos balcánicos, incluyendo un tinto serbio Prokupac, oscuro como baya, acompañan todo. Una cena de tres platos para dos personas, sin bebidas, cuesta aproximadamente 4.500 dinares (US$ 39, a un tipo de cambio de 115 dinares por dólar).

El aburguesado distrito Savamala, ubicado bajo el Puente Brankov, atrae durante el día con galerías de arte, peluquerías new wave y centros culturales como la “Casa Mikser”, ex espacio industrial con productos de diseñadores serbios. Al caer la noche, el paisaje de bares exhibe letreros como “Ben Akiba”, sofocante bar bohemio color rojo, iluminado a velas, con muebles clásicos y una lista de tragos que abarca de todo.

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DÍA 2. DE CAFÉ EN CAFÉ

La cafeína es el combustible de Belgrado, y las estaciones de servicio con más onda han aparecido en el distrito emergente de Dorcol bajo. Una falsa casa de campo se esconde en el centro de Belgrado. Decorado con vigas de madera, canastos de mimbre y manteles de cuadros rojos, Kafana Cubura (se pronuncia “chubura”) es un restaurante clásico donde parejas y familias se entretienen con copiosas comidas y cerveza local. El cerdo encabeza la cadena alimenticia. El baklava, un postre clásico balcánico heredado de los antiguos gobernantes otomanos de Serbia, es un grueso montículo pegajoso ahogado en miel. Almuerzo para dos, aproximadamente 2.500 dinares.

¿Qué es la estructura triste y decaída oculta en un pasaje sin encanto cerca de la ruidosa calle Makedonska? Sorpresa: es el Distrito de Diseño de Belgrado. Ocupando un centro comercial en desuso, esta iniciativa de siete años de antigüedad llenó los locales abandonados con boutiques de diseñadores serbios independientes.

El fantasma de Josip Broz Tito, fundador y líder de Yugoslavia durante décadas hasta su muerte, en 1980, impregna el Museo de Historia Yugoslava (accesible con el bus 41; el pasaje cuesta 150 dinares y la entrada, 400). Aparece en una película biográfica sentimental que proyecta el cine, afeitándose, fumando puros y reuniéndose con dignatarios extranjeros, desde Jimmy Carter hasta Fidel Castro. Vuelve a aparecer en las tazas, platos, afiches y medallas de las tiendas de regalos. Y una vez más asoma en su último lugar de descanso, bajo una lápida de mármol. El jardín de invierno también exhibe los efectos personales del dictador.

Bajando por la calle Dzordza Vasingtona (también conocida como George Washington), se accede a la calle Skadarska, alineada con lámparas de hierro forjado y los restaurantes más antiguos de Belgrado.

DÍA 3. ANTES DE PARTIR

Zemun, el distrito histórico más bonito de la ciudad, es perfecto para una caminata de último momento. Capiteles de iglesias barrocas y del siglo XIX proyectan sombras sobre calles adoquinadas alineadas con flores y casas color pastel, galerías de arte, talleres de artesanías, cafeterías ribereñas y restaurantes de mariscos. La Torre Gardos, del siglo XIX, también conocida como Torre Milenio, domina el paisaje desde la colina, ofreciendo vistas de 360 grados desde su balcón circular (admisión, 200 dinares). Sobre el mar de techos con tejas color naranja, la vista se abre hacia los ríos Danubio y Sava y hacia el lejano horizonte del Belgrado central y el Parque Kalemegdan, donde comenzó este viaje.

(*) The New York Times/Travel. Publicado por Diario PERFIL

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