COREA DEL SUR

Busan, al sur de Seul: Un viaje entre playas, templos y aldeas

Busán, la segunda ciudad de Corea del Sur, ofrece playas, templos entre las rocas y una aldea legendaria revalorizada gracias al trabajo de muchos artistas plásticos.

Busán, la segunda ciudad de Corea del Sur, ofrece playas, templos entre las rocas y una aldea legendaria revalorizada gracias al trabajo de muchos artistas plásticos. La aldea cultural de Gamcheon, que supo albergar a los refugiados de la guerra que dividió a la península, es un ejemplo de la revalorización artística de enclaves históricos. (Foto: Diario PERFIL) [ Ver fotogalería ]

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Por Patricia Daniele (Diario PERFIL)

 

En la superpoblada Corea del Sur, lo mejor es viajar en tren a Busán y disfrutar de las opciones que ofrece la segunda ciudad en número de habitantes del país. En el trayecto de dos horas y media de una formación hipermoderna, se atraviesa casi por completo el territorio de Corea del Sur. La línea Gyeongbu cruza con su servicio de alta velocidad las ciudades más importantes del país. Los vagones son muy cómodos y plenos de tecnología.

Unos televisores ubicados en el techo aportan las reglas de uso del transporte, perfectamente entendibles aunque no se lea coreano, por medio de un simpático dibujito. Allí mismo promocionan con fervor la oferta de cirugías plásticas, otra fuente de ingresos turísticos para la ciudad. Aunque el destino de la mayoría de los viajeros que emprenden esta travesía sean las concurridas playas costeras, descubrir una pintoresca aldea cultural que aloja a artistas de todo el mundo es algo imperdible.

 

 

Llegar a Busán puede ser una actividad de una jornada desde Seúl, y una vez allí un plan extra consiste en visitar la aldea cultural de Gamcheon. Habrá que subir por una callejuela serpenteante en auto, caminando o en el funicular. Por sus casas coloridas, que cuelgan graciosas en la ladera de la montaña, se la conoce como la “ciudad Lego” pero es mucho más que eso. Los pasillos intrincados y en ascenso llevan hacia improvisados miradores, tiendas de diseño y hasta pequeños cafés y heladerías.

Vale la pena hacer un alto para probar una paleta de carne o un humeante helado, pero hay que seguir recorriendo cuesta arriba para alcanzar la vista panorámica de la bahía, sacarse una foto con El Principito que está mirando hacia el horizonte (es encantador ver a los coreanos hacer cola para la foto sin que nadie los ordene ni los controle) y encontrar los atelieres y las galerías de los artistas más diversos. Algunos aceptaron la invitación del municipio para pasar un año creando allí y devolviendo el gesto con un mural, una escultura o una falsa pared.

Es el momento de dejarse tentar y comprar algo de lo que hacen, pequeño o grande, para llevar a casa un pedacito de la belleza lugareña. La explicación de lo pintoresco del paisaje tiene una razón histórica: durante la Guerra de Corea, Busán ofreció refugio a los miembros del movimiento religioso Taegeuk-do y, en 1957, unas 25 familias se instalaron en las laderas con un mandato estricto de su guía espiritual: que las casas siguieran un cierto movimiento y no taparan la línea visual de los vecinos.

Era una zona pobre, la electricidad llegó recién en el 65 y el agua corriente en los 70. Hoy esa estructura no cambió mucho aunque fue revalorizada por las diversas intervenciones artísticas a las que son sometidas sus calles gracias a una iniciativa gubernamental del 2009. Gamcheon es un gran ejemplo de esta puesta en valor urbana y recibe muchas visitas internacionales que la toman como modelo a seguir. Bella y plena de tesoros, Gamcheon se convierte en una experiencia inolvidable.

Más sorpresas esperan aún en el descenso, porque junto al populoso puerto de la ciudad está el Jagalchi Fish Market, un galpón gigante de venta de pescados y mariscos rodeado de cientos de puestos que ofrecen lo mismo, pero al aire libre. El atiborrado mercado de pescadores permite optar, entre cientos de puestos, por el pez o marisco preferido para llevar a casa. Están todos vivos, flotando en piletas y a la espera de alguien que los elija de una vez.

Hay de todo: langosta, pulpo y los peces más carnosos. Más llamativa es la posibilidad de subir al primer piso del mercado y llevar la pieza viva que compró para que la cocinen o la hagan sashimi en algunos de los restaurantes muy típicos que hay allí; y en ellos se encargan de todo. Los platos más codiciados son el pulpo negro crudo y finamente rebanado y la langosta, que de moverse en el balde pasa a ser hervida durante veinte minutos.

Disfrutar de esa carnosidad con el kimchi que acompaña el menú junto con diversas verduras (la mayoría picantes), y desde luego una cerveza helada, es una buena culminación de la jornada en la Corea más remota. A esa hora ya cayó la noche en el puerto de Busán y la vista de la ciudad iluminada con las casitas en escalera de la aldea cultural parecen estrellas en el firmamento coreano. Es tiempo de volver a tomar el tren de regreso a Seúl, descansando y rememorando lo mejor de un día lleno de agradables sorpresas. Si permanecerá más días en Busán, recuerde que un ferry comunica con Japón, a sólo unos 49,5 km.

 

GEOLOCALIZACIÓN

 

| Nota publicada en Diario PERFIL el 1 de abril de 2017

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