DESTINOS /// MARRUECOS

36 horas en Marrakech, joya del Atlas Africano

Con genuinas tradiciones árabes y notable influencia occidental, la bella ciudad del interior del país, contra las montañas atlas, es uno de los destinos preferidos de África del Norte. Medinas, compras y paseos en camello.

Pocos lugares del mundo son como Marrakech. Hermosa, auténtica, renovada y segura. Una ventana mágica al mundo antiguo. (Fotos: Perfil) [ Ver fotogalería ]

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Por Seth Sherwood (*)

La primera lección de árabe: “fenn”. Significa arte, y se está pronunciando y practicando como nunca antes en la Joya del Sur de Marruecos. Desde los estrechos y laberínticos pasajes y bazares de la medina, la ciudad vieja, hasta los modernos bulevares del distrito de Gueliz, una nueva generación de museos, galerías, jardines y sitios creativos está exhibiendo los talentos de artistas marroquíes y extranjeros. El arte también se derrama hacia las admiradas tradiciones culinarias y artesanales, mezclando materiales y estilos del siglo XXI con recetas y manualidades marroquíes. Y con el continuo auge hotelero, desde nuevos palacios de lujo hasta casas centenarias renovadas, la ciudad cada vez es más fácil de visitar.

Segunda lección de árabe: ¡Yalla! ¡Vámonos!

 

DÍA 1. ACRÓNIMOS ARTÍSTICOS

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A lo largo de la rue de Yugoslavie, en el barrio de Gueliz, está floreciendo un corredor artístico. Manejado por una casa de subastas con sede en Casablanca, la Compañía Marroquí de Obras y Objetos de Arte es un ambicioso espacio de arte que ocupa un antiguo edificio de oficinas.

Sede de la estimada Galerie Matisse, el callejón en el número 61 recibió el año pasado al Museo de Arte y Cultura de Marrakech (Macma). La colección permanente está formada por artefactos marroquíes y orientalismo europeo, así como grabados de Delacroix, una acuarela de Dufy y cerámica de Fez que perteneció a Yves St. Laurent (que tenía una casa en Marrakech). El secreto mejor guardado en las cenas de Gueliz es L’ibzar.

La multitud es escasa –por ahora–, pero los sabores son abundantes y están combinados de manera innovadora. En medio de un sensacional salón comedor gris, decorado con tapetes rojos, se puede empezar con una selección de pequeñas ensaladas: un brillante montículo de zanahorias en cubitos perfumadas con vainilla; rebanadas de berenjena marinadas y tostadas alrededor de un núcleo de pasta de almendras dulce; puré de calabaza con nueces troceadas en un trozo de crujiente hojaldre.

Se continúa con un muslo de res con limones acaramelados y una notable cazuela de pollo guisada en caldo con cebollas rebanadas y cubierta de jalea dulce de tomate rociada con semillas de sésamo y almendras. El postre, crème brûlée, está imbuido de azafrán y cardamomo. Tres platos a 280 dírhams (US$ 28 por persona). Al salir por la noche en Gueliz se puede tomar el camino burgués o el bohemio. Si se elige el primero, hay que seguir a los jóvenes profesionales marroquíes que llenan los sofás de Pointbar, un salón con música house y soul manejada por un DJ.

Se ofrece alcohol, en forma de cerveza y vino, como la cerveza Casablanca, natural de Marruecos (60 dírhams) y el vino gris –un rosado muy ligero– de la vinicultora marroquí Terres Rouges (45 dírhams). Para una onda bohemia, hay que ir a Le 68, un acogedor y cordial bar en un cuchitril donde marroquíes y europeos del mundo artístico e intelectual local se remojan con vinos de una amplia carta de cosechas francesas y locales, pagándolo por vaso.

 

DÍA 2. PARAÍSO RECOBRADO

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Entre los ecos de las zumbantes motonetas, los radios portátiles y los llamados de vendedores callejeros y tenderos, las atestadas aceras de la vieja ciudad de Marrakech difícilmente son un oasis de tranquilidad. Hasta que nos metemos en Le Jardin Secret, que se inauguró el año pasado.

Construidos en las ruinas de un magnífico palacio del siglo XIX, los terrenos elegantemente cuidados con flora exótica, árboles frutales, pabellones, estanques y fuentes están inspirados en un versículo del Corán sobre el paraíso: “El recompensará a quienes han resistido con un jardín”. Escale la torre para tener una vista de la fragmentada geometría de la medina y del elevado minarete de la mezquita medieval Koutoubia. La entrada a los jardines y la torre cuesta 80 dírhams.

Tercera lección de árabe: “souk” (mercado).

El zoco de la medina está catalogado entre los mercados al aire libre más antiguos, grandes, diversos y atmosféricos, gracias a los puestos en los que se expende una amplia variedad de artículos, desde pipas de agua hasta vestidos de boda. Una búsqueda del tesoro dirigida ofrece una buena oportunidad de explorar la miríada de pasajes y de descubrir algunas versiones innovadoras de los productos artesanales tradicionales. En el zoco Chérifia está surgiendo un distrito de diseño gracias a boutiques como Khemissa, que canaliza el espíritu de la actriz y leyenda de la moda Talitha Getty a través de caftanes, zapatillas y accesorios psicodélicos con un toque de los años 60.

Para cerámicas métase en “Chabi Chic”, al sur del fragante mercado de especias Place des Epices. Y no olvide Riad Yima, una original y extravagante galería con café y boutique, donde todas las superficies brillan con tintes tradicionales y locos diseños geométricos. El lugar fue fundado por el fotógrafo Hassan Hajjaj, cuyos retratos de los dandis en las calles de Marruecos adornan las paredes junto con carteles de películas egipcias clásicas, letreros de tránsito en árabe y muchos objetos y prendas de vestir warholianos (todos a la venta) hechos con reciclados.

El tiempo pasa con languidez en el “Café Clock”, un artístico punto de encuentro situado en el distrito de la Casba, en el sur de la medina. Libros, muebles improvisados y grafitis en las paredes decoran el lugar. También ofrecen clases de cocina, exhibiciones, conciertos y noches de narración de cuentos árabes tradicionales. Comida para dos: unos 250 dírhams.

Los placeres y las tentaciones nos llaman desde todas direcciones en el club nocturno Epicurean. Y fuera de él, un vibrante casino espera con mesas de juego, y máquinas tragamonedas. Por dentro, bancas de terciopelo rojo, espejos y velas chisporroteantes le dan un toque íntimo al tórrido ambiente, en el que cantantes y bandas canalizan melodías soul, pop y funk hasta altas horas de la noche. Una botella de vino marroquí Terres Sauvages (380 dírhams) elevará un poco más la capacidad de complacencia.

 

DÍA 3. FUERA DE LA CIUDAD

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Naturaleza y cultura envuelven los caminos que se bifurcan en Anima, una tierra maravillosa de jardines exóticos, kioscos y obras de arte místicas a 45 minutos al sur de Marrakech. (Reserve el autobús gratuito en el sitio web; las salidas los domingos son a las 9.30, 11.30 y 14.30. Admisión: 120 dírhams.) Como un paseo por el inconsciente colectivo, la jornada resulta de alguna forma primordial, arquetípica o por lo menos extraña a cada vuelta.

Un sendero pasa por una reproducción de El pensador de Rodin. Otro nos lleva a una enorme arca de metal que carga una pirámide, un colorido camello, una jirafa hueca y otras criaturas más extrañas aún. Después, medite sobre el significado de todo esto con un café con leche (25 dírhams) en el “Café Paul Bowles” del mismo lugar y prepárese para su cuarta y última lección de árabe: ¡Ma’assalama! ¡Adiós!

 

(*) The New York Times / Travel. Publicado por Diario PERFIL

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