Descubriendo al “Che” Guevara en Cuba

En vista del negro panorama que ofrece la dictadura castrista, es lógico que el gobierno se empeñe en evocar su glorioso pasado. El “Che”, en todos lados.

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Los autómoviles de la marca Lada forman parte del parque automotor más moderno en las calles de Cuba, por donde siguen circulando viejos modelos de coches estadounidenses de antes de la revolución. El salario medio oficial no llega siquiera a los 15 euros (18 dólares) mensuales. Y aunque algunos defensores de los derechos humanos han observado cierta mejoría en la isla, Amnistía Internacional presentó un balance que indica que los disidentes y sus familiares siguen recibiendo amenazas y sufriendo represiones.

En vista de todo ello, no parece más que lógico que el gobierno cubano se empeñe en evocar el glorioso pasado. El Museo de la Revolución se encuentra instalado desde mediados de los años 70 en el antiguo palacio presidencial de La Habana. En ese palacio residieron 21 presidentes de la era precastrista. En 1957, un grupo de estudiantes revolucionarios asaltó el palacio en un intento de matar a Batista. En las paredes de mármol de la escalera del palacio aún se pueden ver impactos de balas.

Eran 50 hombres los que participaron en el asalto“, relata Elio Peña Martínez. “De ellos 24, fueron abatidos a tiros y cinco lograron avanzar hasta la sala de espejos”. Dicen que en una habitación situada detrás de esa sala se encontraba Batista tomándose un café. “Los revolucionarios lanzaron una granada matando a dos guardaespaldas“, dice Peña Martínez, un hombre de baja estatura con gafas grandes y pelo gris que guía a los que visitan el museo. “Sin embargo, cuando los cinco llegaron al despacho de Batista, éste ya no estaba allí“. No fue hasta después del triunfo de la revolución cuando se descubrió la escalera secreta por la que escapó el dictador.

A comienzos de 1959, después de que Batista huyera definitivamente de Cuba, estableciéndose primero en la República Dominicana y más tarde en España, su despacho fue utilizado por Fidel Castro. “A principios de la revolución, todas las leyes se firmaron aquí“, señala Elio Peña Martínez. Todavía se puede ver el escritorio en el que se sentaron juntos Fidel Castro y el Che Guevara. Allí también se firmó el documento que otorgó al Che, nacido en Argentina, la nacionalidad cubana.

A escasos metros de distancia se encuentra otra mesa que fue escenario de un momento histórico, incluso de alcance mundial: allí se reunió el consejo de ministros durante la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962, que estalló después de que el líder soviético Nikita Jrushov mandara instalar misiles nucleares en Cuba.

Cuba esperaba un ataque de Estados Unidos“, dice Peña Martínez, quien entonces tenía 21 años y aún se acuerda muy bien de cómo era el ambiente en aquellos días, cuando no sólo en Cuba se temía el estallido de una tercera guerra mundial. En La Habana ya se habían comenzado a excavar trincheras cuando las dos superpotencias -Estados Unidos y la Unión Soviética- llegaron a un acuerdo, sin informar siquiera a Castro.

La enorme humillación que entonces sintieron los cubanos todavía se percibe en la voz de Peña Martínez cuando habla de ese episodio más de 40 años después.

En la planta superior del Museo de la Revolución hay una figura de cera que representa al Che Guevara agachado, con el uniforme de guerrillero, en un matorral. La exposición rinde homenaje al líder guerrillero en una forma de ingenuo culto a la personalidad que entre pedagogos de museos europeos más bien provocaría comentarios de desaprobación: las fotos muestran al Che como niño pequeño, el Che como estudiante, el Che montado a caballo o el Che como manifestante.

Entre los objetos expuestos en la vitrinas figura una gorra que pertenecía al Che, así como la cabeza de una de sus pipas, una camisa que vistió el desaparecido comandante rebelde Camilo Cienfuegos, un íntimo amigo del Che, y su carabina. Se trata de una colección casi de carácter personal que a primera vista da la impresión de querer evitar la elaboración crítica de la propia historia cubana.

Para pronunciar su alocución ante los soldados de la Marina, Norberto Collado escogió como escenario deliberadamente el Museo de la Revolución, ya que en él también se encuentra expuesto el “Granma”. Cual reliquia sobredimensional de la historia de la revolución, el yate blanco puede observarse en un edificio separado, detrás de un vidrio y vigilado por soldados que no pierden de vista a ninguno de los visitantes. Un yate como símbolo de la lucha por la liberación de Cuba. Es una ironía de la historia que en la isla caribeña no esté permitida la propiedad privada de barcos.

La colección de objetos expuesta al aire libre frente al edificio que alberga al “Granma” tiene un aspecto notoriamente más marcial: dos pequeños tanques de fabricación cubana, tractores convertidos en vehículos militares con los que el Che Guevara combatió a las tropas de Batista. También se muestra el jeep de Fidel Castro con las palabras “Comandancia General” pintadas en la puerta del copiloto.

Otra de las piezas más extravagantes de la exhibición es un fragmento de un bombardero estadounidense B-26 abatido por el Ejército cubano. Y a pocos metros de distancia arde la llama eterna por los “mártires de la revolución”, aquellos cubanos que perdieron la vida en la lucha contra las tropas de Batista.

 

Sin embargo, las huellas de la revolución también pueden verse en otros muchos lugares. Por ejemplo, en la entrada de la Universidad de La Habana. Frente al portal de la casa de estudios extiende sus brazos una figura femenina, símbolo del Alma Mater. “Durante la revolución hubo frecuentes manifestaciones“, dice el profesor de Historia Carlos Marchante Castellanos. “Muchos estudiantes y muchos profesores formaban parte de la resistencia contra Batista“.

En los inicios mismos de la revolución, los estudiantes llevaron un tanque a la universidad, que hasta el día de hoy sigue en su sitio en uno de los patios del edficio. En el muro del edificio principal hay un letrero que recuerda a las siete víctimas de los bombardeos que precedieron a la invasión en Playa Girón, en abril de 1961. Uno de los jóvenes al parecer escribió ante de morir con su propia sangre en una piedra “Fidel”. Una copia de esta palabra escrita con sangre se puede ver en el muro de la entrada de la universidad.

El “Comandante en Jefe” Fidel Castro ya ha sobrevivido más de tres décadas a su compañero de armas Ernesto “Che” Guevara. Sin embargo, en Cuba es como si el Che todavía viviera. El líder guerrillero sigue presente en todas partes. Tanto en el interior de la isla como en la capital se puede ver su rostro característico en pancartas propagandísticas, en camisetas, al igual que en las tapas de libros y en postales, unas veces sonriendo con un puro en la boca, otras veces con una mirada meditabunda o vestido con su uniforme de guerrillero junto a Fidel Castro.

E inevitablemente tampoco puede faltar el famoso retrato fotográfico del Che hecho por Alberto Korda, que dio la vuelta al mundo y en el que el Che aparece con la melena agitada por el viento y tocado con un gorro negro con una estrella solitaria. La imagen del Che como ícono pop de la revolución es explotada tanto por el gobierno comunista como por la industria dedicada a la producción de artículos de idolatría, que se venden sobre todo a turistas del exterior capitalista.

Sólo una minoría de los turistas que compran en las tiendas de los hoteles y las de souvenirs algunos de los muchos artículos relacionados con la figura del Che se interesan intensamente por la historia del médico argentino que soñaba con el “hombre nuevo” y que luchó contra la explotación económica y la represión política. El mito sigue vivo, aunque sólo en la superficie. Información y fotos: DPA

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