Tokio, el triunfo de una nación

A pesar de tsunamis, terremotos e incendios, la capital japonesa es el vivo ejemplo de la reconstrucción y el esfuerzo por conservar una identidad. Delicias de Oriente. Fotos

Popular. Tokio, con sus alrededores, tiene más habitantes que la Argentina. Organizada en 23 barrios, hay varios centros, cada uno peculiar. Foto: Cedoc Perfil [ Ver fotogalería ]

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Por Barbara Ireland (The New York Times / Travel)

Tokio se siente como una ciudad vigorizada por la juventud. Sofisticada y con media docena de centros, combina la fuerza vital de una capital nacional de todo –política, finanzas, cultura, estilo– con un talento por la renovación ganado a fuerza de terremotos, incendios y guerras durante sus 400 años de existencia. La carrera de rascacielos de la década de 1990 ha aminorado el paso, pero está floreciendo un nuevo romance con la costa de la ciudad, lugares de sushi y pate foie gras que se suman a sus 160 mil restaurantes. Es fácil olvidarlo cuando se viaja en el metro o se baila música tecno-pop, pero Tokio sigue siendo la sede de un emperador. En el Santuario Meiji, el deificado espíritu del Emperador Meiji, el bisabuelo del actual emperador, reside en un templo Shinto rodeado por 170 mil árboles majestuosos. Un arco torii de 13 metros de altura marca la entrada a este mundo espiritual, y una red de caminos lleva al santuario.

Una breve caminata nos aleja de la paz, hacia las calles del distrito Harajuku. Tiendas que venden todo tipo de cosas para adolescentes saturan Takeshita Dori, un atestado callejón peatonal. Omotesando, un bulevar flanqueado por árboles, proyecta una visión más europea con Dior y Louis Vuitton. En Tokio, una parada favorita después del trabajo es el izakaya, un pub que vende “tapas” acompañadas de cerveza (entre 800 y 1.600 yenes, o entre 8,25 y 16,5 dólares a un tipo de cambio de 95 yenes por dólar). En Izakaya Vin incluyen jamón de Parma, carpaccio de pez, ensalada de pato y vino francés. La copa vale 1.500 yenes, pero el sommelier le abrirá una botella que oscila entre 7.300 y un millón de yenes.

Una clientela bien vestida come, bebe y charla en mesas chicas separadas en tres pisos. El café para después de cenar incluye un espectáculo en el Starbucks que mira al Cruce Shibuya. En lugar de caminar a la par del tráfico, los peatones esperan hasta que los semáforos se ponen al unísono en rojo. Después, en un triunfo de coreografía peatonal, cientos de personas se mueven con ímpetu y llenan completamente la Plaza Hachiko, caminando en todas direcciones, pero nunca chocando. Parece un arte escénico y se ha vuelto un atractivo popular. Si todos los  asientos que dan a la ventana del segundo piso están ocupados, véalo desde el pasaje peatonal Mark City, en la estación de tren Shibuya, del otro lado de la calle, cerca  de The Myth of Tomorrow,un inquietante mural tipo Guernica que muestra el horror de la detonación de una bomba atómica.

Habiendo llegado tarde a la noción de una costa recreacional, Tokio ahora busca el agua. Desde el Muelle Hinode, al borde de la bahía Tokio, embárquese hacia el corazón de la ciudad sobre el río Sumida, pasando bajo 13 puentes que brindan una perspectiva más abierta de esta congestionada ciudad. Otros paseos cruzan la bahía hacia Odaiba, una isla que ha despegado como distrito de entretenimiento y que está cubierta de parques de diversiones, museos, centros comerciales y un spa que saca agua geotérmicamente (Tokyo Cruise, 760 yenes).

Cuando su embarcación atraque en el viejo distrito ribereño de Asakusa, únase al gentío que se dirige hacia Sensoji, un templo del siglo VII. Es un lugar favorito para turistas japoneses de otras ciudades, y su patio y caminos pavimentados probablemente estarán llenos de visitantes que conversan felices y se limpian, aplauden y hacen reverencias. Un santuario Shinto comparte la propiedad, un acuerdo típico en un país cuyas dos religiones dominantes a menudo se confunden. Contágiese del espíritu festivo de los adoradores atrapando bocanadas de incienso supuestamente curativo, sobre la Nakamise Dori, que desde los primeros días  de Tokio es una calle de mercado.

Aoi Marushin ha estado sirviendo tempura en Asakusa desde Showa 21 (el vigésimo primer año del reinado del emperador Hirohito, o, en términos occidentales, 1946). Ordene el menú fijo (2.700 yenes) y saboree suculentos trozos de camarón, pescado y verduras en una delicada masa que de alguna forma hace que la comida frita parezca ligera. El Museo Edo-Tokio (admisión: 600 yenes), localizado cerca de la principal arena de sumo, en el vecindario Ryogoku, narra la historia de Tokio desde su fundación en el siglo XVII como Edo, la capital de los shogunes. Hay una armadura de samurai de aspecto aterrador, pero se enfoca en la vida cotidiana.

La comida de Japón por excelencia es el kaiseki, una prolongada cena con numerosos platos de presentación artística. En Hinokizaka, en el piso 45 del Ritz-Carlton Hotel, localizado en Akasaka (una sección asfixiada por rascacielos), el menú cuesta 12 mil yenes. Meseras con finos kimonos de seda se deslizan entre las mesas.

El Santuario Yasukuni, cerca del Palacio Imperial, en el centro tradicional de Tokio, inquietantemente glorifica un pasado militar brutal. Pero también es el monumento conmemorativo de Japón a sus veteranos y soldados. En el museo adjunto (800 yenes), las imperdibles exhibiciones son dos armas suicidas: una réplica de un avión kamikaze y un torpedo piloteado. Afuera del santuario, podrá pensar en tópicos más placenteros caminando los jardines del norte del palacio, el Parque Kitanomaru, donde las familias viven su vida en el siglo XXI.

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