Adiós al verano a orillas del mar Egeo

Un recorrido encantador por la península griega de Calcídica. Playas de aguas cristalinas que parecen caribeñas. Fotos

Un monje en la república monástica de Athos. Foto: dpa [ Ver fotogalería ]

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Por Tobias Schormann (dpa)

¡Un monje a babor! Inmediatamente, los prismáticos de los turistas en la cubierta giran hacia la izquierda. Efectivamente: un monje. ¿Y qué está haciendo? ¡Está tendiendo ropa! Bueno, también los monjes son seres humanos, pero aun así es una atracción turística, aquí en la Península de Calcídica (Grecia).

La mayoría de los turistas solo pueden ver al monje desde la distancia, porque en la república monástica de Athos, el dedo más oriental de Calcídica, solo se permite la entrada de pequeños grupos de peregrinos masculinos. Todos los demás tienen que subir al barco para navegar a lo largo de la costa y observar a través de prismáticos los monasterios y también a los monjes que toman el sol o tienden la ropa.

De cerca hay pocas atracciones turísticas que vale la pena visitar en Calcídica. A diferencia de otros lugares en Grecia, aquí no hay antiguos templos y ni grandes excavaciones arqueológicas capaces de atraer a los turistas. En cambio, hay muchas playas de arena.

Por ejemplo cerca de la pequeña localidad de Vourvourou, el dedo del corazón de la península. Un camino polvoriento conduce en medio de pinares a Karidi Beach. Karidi suena un poco como Caribe y efectivamente tiene un aspecto parecido: un mar de color turquesa y una arena clara, brillante esperan aquí a los turistas. El conjunto está enmarcado por rocas de formas extravagantes, mientras que al fondo siempre reluce el Monte Athos.

Durante la temporada alta también se reúne aquí en la costa la gente “linda” de Tesalónica para contemplar la puesta del sol. Esta ciudad está situada a una distancia de poco más de dos horas en coche. En las pequeñas bahías hay muchos chiringuitos de moda. En Karidi Beach, uno de ellos es un viejo autobús Volkswagen, en donde dos jóvenes ponen música reggae y venden bebidas.

En septiembre, a finales de la temporada alta, la mayoría de los chiringuitos apagan la música y también los turistas fiesteros han desaparecido para trasladarse, por ejemplo, a Sarti, en el sur de Sitonia, donde se encuentran hileras de bares. También ha desaparecido la mayoría de las caravanas de los campistas que tapaban la vista del paisaje.

Sin embargo, en localidades como Kalamitsi y Nikiti hay bonitos restaurantes que esperan a los turistas, muchos de ellos de alto nivel en términos griegos. El gran atracón no comienza hasta después de la comida, cuando llegan los gatos. Previamente, los turistas tienen que defender bien su comida. Es el precio a pagar por estar directamente en la playa, en mesas de madera pintadas de blanco con lámparas de pie revestidas de tela que se parecen un poco a las que hay en casas de muñecas. Pero también sería una pena dejar a los gatos delicias como calabacines fritos con feta asado y pasta de huevos de pescado.

Por supuesto, tampoco Sitonia puede prescindir de alguna típica aldea de montaña. Parthenonas, por ejemplo, no es tan viejo en realidad, aunque da la impresión de que sí. Delante de las casas de piedra natural crecen uvas e higos, y desde la fonda en la parte alta la vista pasa por pendientes verdes hacia el mar en la lejanía. Un sendero desciende en medio de olivares y el lecho seco de un río hasta la bahía de Neos Marmaras.

Una vez abajo, los pies vuelven a sumergirse en el agua de color turquesa. Es el momento para contemplar la puesta del sol son una copa en la mano. Quizás, el monje que se encuentra a un par de kilómetros de distancia hacia el este esté haciendo lo mismo en este momento.

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