TURISMO CULTURAL Y RELIGIOSO

Huellas del pasado jesuita en el país del papa Francisco

La histórica elección del primer papa jesuita despertó interés por conocer el legado histórico de la Compañía de Jesús en su país natal Fotos

Por todo el alto Paraná, sus estructuras de piedra roja crearon un estilo arquitectónico conocido como "barroco guaraní", con detalles escultóricos que sobreviven 400 años después. [ Ver fotogalería ]

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Redacción Perfil.com / Turismo (*)

De pronto, las agencias de viajes de la Provincia de Misiones recibieron cientos de pedidos de reservas y visitas guiadas a antiquísimos monumentos jesuíticos, en coincidencia con la designación del papa argentino, Francisco, perteneciente a la Orden de Jesús, como primer latinoamericano americano elegido para liderar la Iglesia Católica.

Envuelta por un halo de misterio, la ciudad de San Ignacio resiste el paso del tiempo custodiando las ruinas con mayor valor histórico-cultural de la Provincia de Misiones, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Posadas. Su serenidad característica, su vegetación, su aire puro y su misticismo convierten a esta localidad en un encantador destino, uno de los preferidos entre los principales puntos turísticos de Misiones.

De acuerdo con las investigaciones arqueológicas de la misionera Ruth Poujade y otros de sus colegas, se estima que el territorio misionero fue habitado desde unos 10.000 años atrás. Los guaraníes ingresaron en la región desde el siglo X, lo que implicó el desplazamiento y la aculturación de grupos que ya habitaban allí, como los kaingangs o los guayanas.

El arribo de los primeros colonizadores a la región se produjo en el siglo XVI, como lo contó Alvar Nuñez Cabeza de Vaca en 1542: «… y en la ribera del río estaba muy gran número de indios de la misma generación de los guaraníes: todos muy emplumados con plumas de papagayos y almagrados, pintados de muchas maneras y colores, y con sus arcos y flechas en las manos hechos un escuadrón de ellos, que era muy gran placer de los ver…»

Según narra la historia, los sacerdotes José Cataldino y Simón Masceta fundaron en 1610, en la región del Guayrá (Brasil), la reducción de San Ignacio Miní, junto a otras que, en 1631, serían asediadas en forma constante por los cazadores portugueses de esclavos (bandeirantes). Sólo el pueblo de San Ignacio y el de Nuestra Señora del Loreto sobrevivirían a los ataques, emigrando en 1632 y estableciéndose a orillas del río Yabebirí, en la actual provincia de Misiones.

San Ignacio Miní se establecería en el sitio donde hoy perduran sus ruinas en el año 1696, como una experiencia social, cultural y religiosa única de su tipo, protagonizada por los pueblos originarios y la Compañía de Jesús. Posteriormente, todas las reducciones, incluso ésta, serían destruidas por el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia, en 1817, y restauradas en forma total en la década de 1940, situación que permite apreciarlas actualmente. En 1984 fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Antes de entrar, hay que pasar por el Centro de Interpretación, un museo que trata de situar las acciones jesuíticas en su contexto. En un edificio neocolonial, con tejas rojas, sus colecciones muestran objetos como instrumentos de cuerda creados por los guaraníes y una formidable maqueta explicativa de la misión original. Un panel con audífonos, por ejemplo, nos permite oír viejas leyendas en idioma guaraní, junto al texto en inglés y castellano. Otro, permite comparar la música sacra oficial de las misiones con temas como Ñanembaraete ‘i Katu (“Nos fortalece la vida”), donde los ritmos y coros minimalistas de los guaraníes incorporan instrumentos europeos.

Al salir del museo, los visitantes llegan a la Plaza de Armas, rodeada en tres de sus lados por los cimientos del sector de los guaraníes -había 4.000-. Lo más impresionante es la Iglesia de San Ignacio Miní, de piedra roja, con una fachada de 24 metros tan cuidada que su supervivencia, tras casi dos siglos de abandono, es todo un homenaje a la habilidad de los artistas guaraníes que la construyeron, siguiendo el diseño del arquitecto italiano Juan Brasanelli.

El templo mayor, de tres naves, fue construido con piedras de la zona, la cubierta era de tejas, a dos aguas, sostenida por una estructura de madera. En toda la arquitectura del asentamiento puede apreciarse el legado guaraní, palomas, y dibujos de las flores del lugar.

Flanqueada por el cementerio y los claustros, las decoraciones de sus arcos y columnas incluyen figuras de ángeles, palomas y flora local. Los suelos son un verdadero “rompecabezas” de bonitas losas. Inevitablemente, hay andamios de madera que sujetan las frágiles paredes de la iglesia. También hay otros edificios muy originales, como los talleres e incluso la cárcel.

San Ignacio es la misión jesuítica argentina mejor conservada, y por tanto la más visitada, pero no es la única en la zona. En la Misión de Nuestra Señora de Loreto, situada a 10 km al oeste de San Ignacio y a 3 km de la Ruta Nacional 12, los visitantes pueden hacerse una idea de qué aspecto debía tener San Ignacio antes de su restauración. Todavía cubierta por la vegetación, buena parte del lugar sólo puede entenderse mediante placas explicativas.

A unos 16 km al sur de San Ignacio y a tan sólo 1 km de la ruta 12, un andamio sujeta las frágiles paredes de ladrillo de la Misión Santa Ana. Entre sus restos, puede entreverse la iglesia, las que fueran residencias de los guaraníes hace 400 años, los talleres y el cementerio -que se volvió a usar y a abandonar en el siglo XX, y que más bien parece el decorado para una película de terror.

Lea además: Guía de recomendaciones para visitar San Ignacio

HUELLAS JESUÍTICAS EN CÓRDOBA

La presencia jesuítica en la época colonial argentina tuvo epicentro en la provincia de Córdoba (centro del país) y dejó en esa provincia, como herencia, una serie de estancias hoy convertidas en una ruta turística que forma parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

La historia comenzó en 1599, con la instalación de la Compañía de Jesús, fundadora de la Universidad de Córdoba y del Colegio de Montserrat, que aún forman parte del comienzo de esta ruta: la Manzana Jesuítica, en la ciudad capital.

En ocasión de la Semana Santa, se organizan visitas guiadas en varios idiomas por el Templo Mayor de la Compañía de Jesús, la Capilla de Lourdes, la Sacristía y Contra-Sacristía, el claustro mayor de la Universidad, las Salas de Exposición de la Librería Jesuítica y su colección de incunables. También se organizan recorridos y eventos especiales, como muestras de arte y conciertos, en la red de estancias establecidas por los jesuitas para sostener sus actividades.

Estas estancias eran fincas agroganaderas equipadas con los talleres y sistemas necesarios para sostener el trabajo rural, minero, metalúrgico y textil de las misiones. Los complejos abarcaban así áreas de producción, depósitos, rancherías para los esclavos e indígenas, quintas, huertas, chacras y campos para los animales, además de las capillas que hoy son el emblema de cada una de las estancias.

La más antigua de la actual ruta turística es la Estancia de Caroya, fundada en 1616 en una zona hoy apreciada por sus vinos y embutidos, donde entre 1814 y 1816 funcionó la primera fábrica de armas blancas que abastecía de bayonetas al ejército nacional en lucha contra la colonización española. Aquí se conservan la residencia principal, el tajamar y restos del molino y las acequias.

Dos años más tarde se fundó Jesús María, 4 kilómetros al norte de Caroya en lo que era el trazado del Camino Real hacia la capital del Virreinato del Río de la Plata. Esta localidad se destaca por la cúpula central ornamentada con relieves de su iglesia, donde se puede apreciar el trabajo de los artistas aborígenes que vivían en la estancia.

La tercera estancia de la ruta es Santa Catalina, la más grande de todas, fundada en 1622 a 70 kilómetros de la capital provincial. Aquí, tras realizar un ingente trabajo de provisión de agua, los jesuitas mantuvieron un importante centro de producción ganadera, con miles de vacas, ovejas y mulas. Su iglesia es una obra de arte del barroco colonial americano, con influencias del barroco centro europeo. En su interior se conservan tallas policromadas, lienzos religiosos y retablos que forman parte del patrimonio artístico colonial argentino.

En 1643 los jesuitas se establecieron en Alta Gracia, al pie de las Sierras Grandes, donde hoy se visita un monumental conjunto que incluye la Casa del Virrey Liniers. El sitio conserva la estructura original, hoy organizada en 17 salas de exposición permanente que trazan la historia del modo de vida cordobés desde los siglos XVII al XIX.

Finalmente, el circuito de las estancias jesuíticas concluye en La Candelaria, fundada en 1683, donde la brillante fachada blanca de la iglesia pone una nota armoniosa en el entorno serrano. Situada en una zona más inhóspita que las otras, 220 kilómetros al noroeste de Córdoba, La Candelaria afrontó las inclemencias del tiempo y los malones indígenas: en términos arquitectónicos, esto se tradujo en una muralla de piedra con una única puerta de acceso. Casi intacta desde su fundación, la iglesia alberga algunas imágenes, una talla de la Virgen de la Candelaria y un pequeño recinto cerca de la entrada desde donde se vigilaba en todo momento, misas incluidas, el peligro de una irrupción indígena.

 

(*) Con información del Ministerio de Turismo de Misiones / Agencia Tur Noticias / Agencia Sunny Travel News

13 Comentarios en “Huellas del pasado jesuita en el país del papa Francisco

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