Estonia, donde el invierno se disfruta a lo grande

El invierno puede ser muy duro en Estonia. Pesca en mares de hielo, caminata sobre páramos helados y seguimiento las huellas de lobos en el bosque.

Para pescar en Estonia, el pescador tiene que hacer un agujero en el grueso hielo. Fotos: dpa [ Ver fotogalería ]

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El invierno puede ser muy duro en Estonia. Una ocasión para que los turistas más curiosos pasen unos días de vacaciones diferentes pescando en mares de hielo, caminando sobre páramos helados o siguiendo las huellas de lobos en el bosque. Por ejemplo en el Peipus, el inmenso lago que marca el límite oriental de Estonia y que podría cruzarse para llegar incluso a Rusia, pero no en invierno, cuando se congela por completo durante varias semanas de temperaturas inferiores a los 15 grados bajo cero.

La vista muestra varias tiendas de colores para proteger del viento esparcidas sobre la superficie blanca y, junto a ellas, pequeñas figuras negras. “Pescadores de hielo”, explica Märt ataviado con guantes, suéter, cortavientos y enormes botas para caminar en hielo. El guía se propone descubrir a visitantes de todo el mundo el atractivo de la pesca en hielo. Para ello traslada a turistas al lago con su Argo 8×8 Avenger, un vehículo con ruedas de oruga que recuerda a un tanque.

Al acercarse a los pescadores aparece un grupo más numeroso en el que ya se cocina una sopa de pescado, la “Pilzsolianka”. Entre ellos está Triinu Akkermann. “La primera vez que pesqué sobre hielo fue con mi padre. Tenía tres años”, cuenta. “Lo recuerdo bien: no pesqué nada”. La pesca en hielo implica pasar horas sentado junto a un agujero del tamaño de un plato sosteniendo la caña y esperando. El premio puede ser jugoso: hay más de 30 tipos de peces en el lago, alguno de varias libras de peso.

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Una aventura bien diferente ofrece el Parque Nacional de Soomaa, en el oeste de Estonia. “Soomaa” significa “páramo”. Y es que en el lugar se encuentra uno de los páramos de altura más grandes de Europa: 400 kilómetros cuadrados de brezos, pinos y abedules. Los guías Bert y Algis reparten zapatos de nieve para caminar sobre la tierra congelada. El cielo es gris y el paisaje austero: pocas veces se ve un animal y nunca un ser humano.

Bert muestra el olor de una planta o los arándonos en el suelo. O un agujero con agua congelada: “A veces tienen seis o siete metros de profundidad. En verano es posible bañarse en ellos”, dice el guía. La noche trae una oscuridad absoluta. Bert ofrece ir con el coche al bosque, donde esperan los lobos. De camino se ve un búho sobre un poste y un zorro que cruza raudo el camino. Pero la sensación que domina es de soledad.

El guía conduce a la torre de observación de Tipu, un pequeño pueblo situado a unos 25 kilómetros de Viljandi. Los amantes de la naturaleza se estremecen cuando un aullido interrumpe tanta calma. “Es Bert”, dice alguien: el guía imita a los lobos para atraerlos. Pero no hay respuesta. En Estonia está permitido cazar lobos, como también linces y osos. “En Estonia tenemos unos 700 osos pardos“, explica Bert. El riesgo de encontrarse uno y molestarlo sin querer, añade el guía para serenidad de los turistas, es mínimo. Pero ni su ausencia ni la de los lobos empaña la extraña belleza de la noche en el Parque Nacional.

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