POR The New York Times

La ruta de Kafka en Praga: el escritor en su laberinto

Ignorado en su época, resistido durante la ocupación alemana y repudiado por el comunismo, Franz Kafka, el autor de La metamorfosis, es uno de los principales motores del interés turístico de Praga.

Desconocido en su época y aun en las posteriores, el escritor Franz Kafka comenzó a ser célebre en Praga cuando los turistas llegaron vistiendo remeras con su nombre. Una ruta urbana le rinde homenaje. Fotos: Cedoc Perfil / The New York Times [ Ver fotogalería ]

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Por David Farley (The New York Times/Travel / Diario PERFIL)
Traducción: Mónica Martín

El año pasado, cuando “La metamorfosis ” cumplió un siglo desde su primera publicación como libro, me reproché no haber explorado esa huella en Praga, donde yo había vivido tres años en los 90. Según aprendí en un tour contratado en la Sociedad Franz Kafka, parado junto a la ventana en Oppelt House, en el Barrio Viejo, el mismo Kafka había dicho: “Esta curva acompañó mi vida entera”. Y no exageraba. La guía, Ondrej Skrabal, me mostró la edificación donde Kafka había nacido (el edificio que lo reemplazó en realidad) y desde allí recorrimos una docena de otras viviendas donde también había residido.

Pasamos junto a un negocio que había sido de su padre y nos detuvimos a explorar el enigmático Monumento Franz Kafka, una estatua de bronce de 3,65 metros que representa una figura humana con traje, ahuecada en la parte superior, sosteniendo sobre los hombros otro hombre más pequeñito. Es la foto más popular entre los turistas, cuya versión de 31 cm es el emblema literario anual del Premio Kafka. Luego tomando un callejón escondido llegamos a Kamzikova 6. Donde ahora funciona un restaurante había un burdel de clase alta que el escritor solía frecuentar para tener conversaciones filosóficas con las chicas. “A Kafka le interesaba todo tipo de personas”.

El siguiente punto fue Parizska 30, en donde vivía cuando escribió “La metamorfosis”. El edificio fue destruido en 1945 y en su lugar hoy funciona un Hotel InterContinental. Los estudiosos de su obra dicen que él se inspiró en su propia vivienda para ambientar las acciones dramáticas del relato. Subí a la terraza del hotel para tener la vista que el checo habría tenido entre 1907 y 1913. Miré hacia el Puente Svatopluk, una pieza art nouveau que tenía sólo algunos años a principios del siglo XX. Otro punto importante es la oficina de seguros en donde FK trabajó entre 1908 y 1922. Hoy es el Hotel Century Old Town Prague, que hace gala de bastante memorabilia: un busto, un restaurante que se llama como una de sus novias, Felice, una foto del escritor con una placa identificatoria de la que fuera su oficina, el cuarto 214. Para entender mejor la trayectoria del escritor, unos días más tarde, visité el Centro Sociedad Franz Kafka. “Hasta hace poco, muchos checos no lo conocían. Sus escritos estuvieron prohibidos durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, y luego fue rechazado al crecer entre los checos el sentimiento antigermánico (FK era un judío checo que escribía en alemán).

Cuando llegó el comunismo –tiranía que él había vaticinado– el régimen nunca promocionó sus obras. No fue hasta 1989, con la Revolución del Terciopelo, que los checos reconocieron su importancia cuando los turistas de Europa Occidental y de Estados Unidos comenzaron a venir para conocer los sitios ligados a Kafka”, apunta Marketa Malisova, directora del Centro. “En los 90, un tipo de acá me preguntó: ‘¿Quién es este Kakfa? ¿Es norteamericano? Sólo veo a turistas americanos con remeras que dicen «Kafka»’”, añadió. Al despedirme, Malisova me retuvo mostrándome la primera edición de “La metamorfosis”. En la portada sólo se ve una persona que atraviesa la puerta abierta de un dormitorio cubriéndose la cara con horror. Nunca quiso que el indefinido insecto en el cual se convertía Gregor Samsa apareciera siquiera visto de lejos.

De todos modos, eso no detuvo a muchos. Y esto incluye al artista checo David Cerny, que realizó obras provocativas sobre el autor, incluso una de dos hombres que orinan sobre el mapa de emplazada justo delante del Museo FK. Además, se debe a su autoría la cabeza gigante de Kakfa, sobre la Avenida Nacional, enfrente de un edificio nuevo con oficinas, compuesta por 42 piezas móviles de metal, en constante movimiento. “Imagínese que usted está enojado porque los abogados no hacen nada, sólo le dicen que vaya de un edificio a otro, y cuando finalmente llega adonde corresponde, un cartel indica: ‘Esta oficina está cerrada’. Al salir ve la estatua de Kakfa, recordándole la ironía burocrática”, argumenta David Cerny, desde su atelier en el distrito Smichov.

Con el Puente Carlos y el castillo, Kafka se convirtió en parte del kitsch de Praga. Está en todas partes y en venta. Es su último chiste”. Un sentimiento parecido comparte Jaroslav Rona, el artista creador del Monumento Franz Kafka –la escultura del escritor montado sobre los hombros de un traje vacío–, emplazado en el Café Louvre, en donde el escritor solía encontrarse con su amigo Max Brod. Rona realizó la obra al ganar un concurso. “Para mi obra yo me inspiré en Descripción de una lucha y me di cuenta de que el arte de Kafka reside en un pensamiento que se resiste a ser obvio”, sentencia. “¿Hay alguna alusión a La metamorfosis?”, le pregunté. “No puedo imaginarme una obra que lo honre sin esa referencia”, contestó enigmática. Pagué los cappuccinos y caminé nuevamente al Monumento. Me abrí paso entre los turistas que posaban para las fotos. Sobre el paseo que rodea al pedestal, vi dibujada la silueta de una cucaracha.

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