Los Arrayanes, el maravilloso bosque sin Bambi

Este parque nacional del sur de la provincia de Neuquén no necesita del marketing de una leyenda sin base para mostrarse como una maravilla única.

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Publicado el 10/12/2018


La carne de las leyendas suele ser invisible. Por su propia naturaleza, tan mutable como inspiradora, rara vez se ajustan a los hechos prosaicos. Es así como muchos de los que visitan el Parque Nacional Los Arrayanes, en el sur de la Provincia de Neuquén, no se convencen si alguien les dice que el verdadero “Bambi” nunca vivió allí. Arriscan la nariz: que el “Nahuelito” no haya salido a tomar el sol en alguna playa de la península de Quetrihué (Neuquén), vaya y pase, pero que Bambi no haya sido un huemul tierno y juguetón, no les gusta.

La verdad es que el segundo largometraje de los estudios Disney ya estaba en preproducción cuando Walt Disney -su esposa y un equipo de 15 dibujantes- partió a Brasil, el inicio de su gira sudamericana. Corrían principios de 1941 y a Walt había costado convencerlo. ¿Las razones? Los empleados del estudio estaban en huelga y las finanzas no andaban de maravillas. Pero el gobierno de Franklin D. Roosevelt era persuasivo, en especial porque Walt pensó que del viaje saldría algún largometraje de animación y, claro, del gobierno no podrían negarle los subsidios si él había aceptado partir en nombre de la política del “Buen Vecino”, un plan para moderar la influencia nazi y fascista en el continente. Además, Orson Welles, Douglas Fairbanks, Jr., y Errol Flynn, todos megaestrellas del momento, ya lo habían hecho.

Vueltas más, vueltas menos, de todo el periplo, salieron dos largometrajes (Saludos amigos, 1942, y Los tres caballeros, 1944), una amistad polémica con el artista argentino Florencio Molina Campos, el nacimiento de Condorito (en Chile) y una cantidad de dibujos, anécdotas y leyendas casi tan grande como la cantidad de asados que les ofrecieron en provincia de Buenos Aires y Mendoza.

Mientras tanto, el bosque de Arrayanes seguía creciendo y, en 1971, se convirtió en un parque nacional por derecho propio. Pronto se construyó la “cabaña de Disney” y el mito echó a correr. Hoy en día, con o sin falsa memoria, cautiva a sus muchos visitantes. Y para la temporada que abre (2019), ofertas más prosaicas que la ternura del personaje de un film gustarán a los que pasen por él: baños nuevos, cobranza electrónica en el área de servicios, una bicisenda renovada y más posibilidades de excursiones. No serán ellas, seguramente, las que inspiren a un dibujante o cineasta local a crear un personaje que dé origen a un, valga la contradicción, mito verdadero. Aunque, si lo pensamos bien, ¿por qué no?

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