OPINIÓN

Bloomberg | Viajeros, no teman a los destinos “peligrosos”

“Luego de viajar a casi 100 países en 35 años, he adquirido algunas formas de pensar para evaluar el nivel de riesgo”, dice el autor.

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Ficha

Por Tyler Cowen

Si viaja mucho, como yo, eventualmente se encontrará con la duda de si un viaje es muy peligroso para hacerlo. Y si se ve enfrentado a esa pregunta a menudo, como yo, eventualmente desarrollará una serie de principios que guíen sus decisiones.

Luego de viajar a casi 100 países en 35 años, he adquirido algunas formas de pensar para evaluar el nivel de riesgo. Debo señalar que no todos ustedes querrán ser tan aventureros y que las mujeres pueden enfrentarse a riesgos especiales, incluso en lugares presuntamente seguros.

En primer lugar, no le hago mucho caso a las sugerencias de viaje del Departamento de Estado de EE.UU., ya que con frecuencia están desactualizadas y la burocracia se ajusta lentamente. Hace 10 años viajé a Bogotá, Colombia, y me pareció que el nivel de riesgo era totalmente aceptable. Las histéricas advertencias del Departamento de Estado, sin embargo, no se habían actualizado desde que los bombardeos terroristas en la ciudad eran comunes. Actualmente hay una advertencia sobre Turquía, pero yo no dudaría en visitar la mayor parte del país.

Cuando intento analizar el nivel de peligro, empiezo por considerar mis medios de transporte. Morir en carretera no es infrecuente, incluso en EE.UU., y muchos países ofrecen entornos de conducción menos seguros. Un viaje que no repetiría es contratar un carro a través de India rural, cerca de la costa de Coromandel. Fue una experiencia aterradora: mi carro sobrepasaba a otros a alta velocidad, incluso en curvas ciegas y giros. El área, en cambio, parecía segura, al menos para los hombres.

A medida que envejezco, me he vuelto más cauteloso. Eso implica más tiempo caminando, sobre todo en las ciudades, y menos en vehículos en movimiento. Esto me ha permitido continuar mis viajes a países considerados relativamente peligrosos. Dentro de uno o dos años, espero hacer mi sexto viaje a Puerto Príncipe, Haití, y probablemente me hospedaré a las afueras de la ciudad.

Mientras escribo, me encuentro en Grand Canyon Lodge, en el costado norte del Cañón del Colorado. El paisaje es idílico, pero me tomó cinco horas llegar. Todavía me pregunto si es un viaje temerario.

En las últimas décadas, inicialmente como parte de mi investigación para un libro, he realizado 20 visitas o más a la zona rural de Guerrero, en México, cerca de los territorios de narcotraficantes, y todas han transcurrido sin incidentes. No obstante, aún me pongo muy nervioso cuando voy en un “colectivo” por una carretera de montaña y el conductor no parece tener más de 15 años, con una afición a la música alta y la cerveza.

Creo que la mayor parte de África es mucho más segura de lo que la gente espera. Ruanda, Ghana, Senegal, Cabo Verde y Tanzania pueden ser muy seguras, con base en visitas recientes, y en ocasiones me parecen mucho más seguras que, por ejemplo, París. He caminado solo por Lagos, Nigeria, a las 10 p.m., y no es tan loco como podría sonar. Conozco una economista que ha realizado meses de trabajo de campo en la República Democrática del Congo sin mayor problema.

De ninguna manera todo África es seguro para visitar, y las economías emergentes pueden ser especialmente peligrosas en los periodos previos a elecciones importantes. Ahora bien, es un error pensar en África como un continente inmanejable conmocionado por la violencia aleatoria y frecuente. Esto me lleva a un principio importante: dado que los titulares noticiosos tienden a enfocarse en la violencia y el peligro, no siempre son la mejor fuente de información sobre lo que realmente sucede en un lugar.

Un amigo mío, el escritor de viajes Juan Pablo Villarino, viajó mucho de “mochilero” por Irak, Afganistán y otros países del “eje del mal”, sin ningún problema significativo. Y si bien es cierto que las disputas étnicas en Etiopía son muy reales, y atraen mucha cobertura justificada, es poco probable que afecten su seguridad en Addis Abeba o en los principales sitios turísticos. México es, estadísticamente hablando, uno de los países más peligrosos del mundo, a causa de los carteles de drogas y las pandillas. Sin embargo, en el estado de Yucatán, la tasa de homicidios es de 0,2 por cada 100.000 habitantes; más seguro que muchas ciudades en EE.UU.

Esto me lleva a mi argumento final —y es probable que mis palabras no le den seguridad—: la mayoría de los incidentes no lo matan o lo dejan discapacitado. Mi peor experiencia de viaje fue en Río de Janeiro, durante un viaje en taxi desde el Corcovado, donde se encuentra la famosa estatua de Cristo (una importante atracción turística, por lo que esta difícilmente fue mi salida más valiente). Mientras bajábamos la montaña, quedamos atrapados en un tiroteo entre una pandilla y la policía. Los policías no tenían suficientes armas pero nadie murió; creo que los malos disparaban para intimidar, no para matar. No obstante, el fuego cruzado fue muy intimidante. Afortunadamente estoy aquí para contarlo.

Mi siguiente viaje es a Karachi, Pakistán, y he recibido consejos muy diferentes de viajeros informados y sofisticados, que van desde “no hay problema” a “ni siquiera pise la acera”. No es la primera vez que recibo informes en conflicto antes de mi partida y siempre he logrado sobrevivir —incluso crecer— durante mis viajes. Si esta es la excepción, tal vez mis editores consideren apropiado publicar una corrección a esta columna.

(*) Bloomberg

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