Cartagena de Indias, un romance entre la magia y la historia

Fundada en 1533 por el madrileño Pedro de Heredia, Cartagena de Indias es actualmente el destino turístico más importante de Colombia.

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Por Gabriela Mayer (dpa)

Otrora bastión de la corona española, Cartagena de Indias continúa desplegando toda su seducción con el Mar Caribe a sus pies. Encantos que la UNESCO ha reconocido, al declarar Patrimonio Mundial su puerto, fortalezas y conjunto monumental.

Fundada en 1533 por el madrileño Pedro de Heredia, Cartagena de Indias es actualmente el destino turístico más importante de Colombia, que ofrece respirar a cada paso la historia de la época colonial, con sus batallas heroicas y cruentas. La ciudad vieja se recuesta precisamente contra las gruesas murallas que la protegían del desembarco de piratas codiciosos de saquear sus riquezas.

La entrada principal a la ciudad amurallada es a través de la Puerta del Reloj, símbolo de Cartagena. Ésta desemboca en la Plaza de los Coches, donde aún hoy estacionan los vehículos tirados a caballo, que ofrecen paseos a los turistas. Antiguamente mercado de esclavos, allí se encuentra el Portal de los Dulces, con vendedores ofreciendo sus dulces caseros bajo las edificaciones de colores múltiples.

Como por arte de magia, se abren los caminos para recorrer “el corralito de piedra”, como le dicen los lugareños, donde prácticamente cada casa o palacete es una joya colonial. Las pintorescas y estrechas callejuelas adoptan poéticos nombres como “Calle de la Soledad” o “del Candilejo”, que cambian caprichosamente a cada esquina.

A pocos pasos de la Puerta del Reloj se encuentra la Plaza de la Aduana, la más grande de la ciudad, sede de la Alcaldía y con una estatua de Cristóbal Colón en su centro. Y continuando por los laterales de las murallas se accede a la Plaza e Iglesia de San Pedro Claver, cuyo nombre homenajea al santo español que con su labor contribuyó a la emancipación de los esclavos.

Desde allí es posible descubrir la bella Catedral o Basílica menor, que asoma entre los exquisitos balcones coloniales característicos de Cartagena. La Catedral, que fuera blanco de los ataques del pirata Francis Drake durante su embestida sobre la ciudad, está siendo restaurada actualmente.

En diagonal se encuentra el frondoso Parque de Bolívar, bajo cuya reparadora sombra habitués y turistas descansan de la temperatura que no suele dar tregua. En el centro, desde su estatua ecuestre, el libertador Simón Bolívar proclama: “Cartageneros, si Caracas me dio la vida, vosotros me disteis gloria. ¡Salve Cartagena Redentora!

Frente a la plaza principal de la ciudad amurallada, el Palacio de la Inquisición brinda testimonio del paso del temido tribunal, que se estableció en Cartagena en 1610. En su museo, originales y réplicas de los instrumentos de tortura más crueles ocasionan escalofríos. “Nadie se ha sorprendido nunca que la casa más bella de la ciudad haya sido el tremendo palacio de tortura de la inquisición“, ha escrito alguna vez el residente ocasional más célebre de Cartagena: Gabriel García Márquez.

Pero la capital del norteño departamento de Bolívar no sólo sorprende con sus evocaciones de los tiempos de esclavitud y de la Inquisición: a unas decenas de metros, también dice presente el arte contemporáneo colombiano, de la mano de Fernando Botero. La gorda “Gertrudis” constituye uno de los principales atractivos de la Plaza de Santo Domingo, junto con la iglesia del mismo nombre. La plaza es asimismo el animado epicentro de la vida nocturna.

Fuera del casco antiguo, La Heroica (apodo debido a su firmeza en la lucha por defender la independencia, proclamada el 11 de noviembre de 1811) tiene muchos más encantos para ofrecer. En la cumbre del Cerro La Popa se ubica el convento La Candelaria, restaurado en 1964. Desde allí se divisa el más hermoso y amplio panorama de Cartagena, conformada por puentes e islas.

También en la parte externa de las murallas se asienta el Castillo de San Felipe de Barajas. La edificación militar española más grande del Nuevo Mundo, construida entre 1536 y 1657, defendió a la ciudad de encarnizados asaltos. Regresando a la ciudad amurallada por el Puente de Chambacú, otro símbolo de Cartagena: el monumento a la India Catalina, quien acompañó a Pedro de Heredia en la conquista, sirviéndole de intérprete.

Y Cartagena ha inspirado para sus ficciones al Premio Nobel colombiano, que la tomó prestada para ambientar “El amor en los tiempos del cólera“. Asimismo, mientras se desempeñaba como periodista en el diario “El Universal” conoció en el Convento de Santa Clara la historia de una niña a la que le creció el cabello después de muerta, que protagonizaría “Del amor y otros demonios”. Manteniendo su valor arquitectónico, el convento frente al Parque de San Diego fue convertido en un importante hotel, en cuyo patio interno vuelan los tucanes.

Justamente otra cita ineludible para los visitantes es la casa del creador de Macondo, en el casco viejo, a pocos metros de las murallas y el mar. Cualquier cartagenero se jacta de conocer su ubicación en la Calle del Curato, donde los altos paredones protegen sin embargo de la mirada de los curiosos.

Asimismo forma parte de Cartagena el toque colorido de las palenqueras, ofreciendo frutas tropicales que cargan en cestas sobre su cabeza. Y el visitante además pronto descubre que la tenacidad de algunos vendedores ambulantes que pululan por el centro histórico y las playas puede llegar a convertirse en un verdadero desafío.

También es posible combinar las visitas a lugares históricos con paseos a las islas, que parten desde el Muelle de los Pegasos. A una hora y media de viaje, aguardan las aguas cristalinas, los cardúmenes de colores y la arena blanca de las islas del Rosario. Otra buena alternativa es dirigirse a la paradisíaca isla de Barú, mientras que a pocos minutos frente a la ciudad está la isla de Tierrabomba.

Y antes de que el hechizo llegue a su fin… nada mejor que despedirse con un paseo por las extensas murallas, cansando las piernas por escalones y rampas para tener una vista diferente de la ciudad antigua. O simplemente tomar asiento entre cañones y baluartes, a disfrutar de los colores que dibuja el atardecer sobre el mar.

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